Frecuentemente, los niños que se encuentran en desventaja en un juego tienden a cambiar las reglas de forma espontánea, como si estas fueran flexibles. Aunque pueda parecer que buscan una ventaja injusta, esta conducta generalmente es un reflejo de procesos emocionales más profundos. Reconocer estos motivos no eliminará el comportamiento de inmediato, pero permitirá a los padres ofrecer un apoyo más eficaz y constructivo.
Mientras que para un adulto perder un juego es a menudo una cuestión de suerte o un error puntual, para un niño pequeño, que aún está formando su autoconcepto, el resultado de una partida puede estar intrínsecamente ligado a su valor personal. Así, una derrota puede traducirse en sentimientos de inferioridad o incapacidad. Alterar las reglas en estos momentos se convierte en una forma de proteger su autoimagen en desarrollo y mitigar la sensación de fracaso.
Un aspecto a menudo subestimado es que, cuando un niño percibe que ha perdido el control sobre el resultado de un juego, busca recuperar ese control a través de las reglas. Esta reacción se observa en otras facetas de la vida diaria, donde los niños intentan renegociar condiciones o cambiar finales de historias. No es necesariamente un deseo de imponerse, sino una búsqueda de seguridad al sentir que aún pueden influir en el desarrollo de los acontecimientos, reduciendo así la frustración.
Los adultos comprenden las reglas como acuerdos estables. Sin embargo, los niños pequeños a menudo las perciben de manera más maleable. Si se enfrentan a una situación adversa, como estar perdiendo, pueden considerar razonable adaptar las normas. Para ellos, no están haciendo trampa, sino reorganizando el juego. Con el tiempo, y a través de experiencias compartidas, irán entendiendo que las reglas son fundamentales para garantizar la equidad y la participación de todos.
Aunque es un comportamiento común, no debemos aceptar todas las modificaciones de reglas. Ceder constantemente podría enseñar a los niños que las normas son negociables ante cualquier malestar emocional, lo cual es contraproducente para el desarrollo de su capacidad de tolerar la frustración. Por ello, la manera en que los adultos respondemos es clave para moldear este aprendizaje.
Ante la frustración de un niño que intenta cambiar las reglas, es esencial mantener la firmeza en las normas preestablecidas, recordando con calma que estas ya fueron acordadas. Más allá de discutir, es fundamental validar sus emociones. Expresiones como “Entiendo que te moleste perder” son más efectivas que regañar, ya que ayudan al niño a procesar sus sentimientos y a aceptar el resultado, sin que esto signifique aceptar su propuesta de cambio de reglas.
Es crucial que los niños comprendan que el resultado de un juego no afecta su valor como persona. En lugar de enfocarse solo en quién gana, es beneficioso destacar el esfuerzo realizado, las estrategias empleadas o las mejoras logradas. Esto les ayuda a entender que, aunque una partida tenga un ganador, su identidad y capacidades son independientes del resultado, promoviendo una autoestima saludable.
La capacidad de tolerar la frustración no se adquiere con explicaciones, sino a través de experiencias repetidas donde los niños aprenden que perder es una parte normal y aceptable de la vida. Los juegos de mesa y otros desafíos ofrecen un entorno seguro para practicar esta habilidad. El objetivo no es ganar siempre, ni convertir cada juego en una competición, sino que los niños descubran que la diversión puede continuar incluso si el resultado no es el esperado. Estas vivencias les enseñan que las emociones desagradables son temporales y que no es necesario alterar las reglas para superarla