En el entorno profesional moderno, el estrés es un compañero constante, a menudo percibido como un motor para la productividad en momentos de alta demanda. Sin embargo, cuando esta presión se mantiene sin interrupción y la mente permanece activa más allá del horario de trabajo, la línea entre la adaptación saludable y el sufrimiento psicológico se difumina. La dificultad para relajarse, la autoexigencia excesiva y condiciones laborales desfavorables pueden hacer que este agotamiento persista mucho después de finalizar la jornada laboral. La psicóloga Sandra Rebeillé aborda en profundidad este fenómeno, detallando cómo el estrés se transforma en ansiedad y sus implicaciones para la salud mental en el trabajo.
En una reciente entrevista, la reconocida psicóloga Sandra Rebeillé, especialista en trastornos de ansiedad y autoestima, arrojó luz sobre el delicado equilibrio entre el estrés productivo y la ansiedad laboral. Según Rebeillé, el estrés, en su esencia, no es perjudicial, sino una respuesta adaptativa que nos prepara para desafíos. Sin embargo, la situación cambia drásticamente cuando este estado de alerta se convierte en una constante. Si la preocupación persiste incluso después de que la carga de trabajo disminuye, si la desconexión se vuelve imposible o si el cuerpo se mantiene en un estado de alerta ininterrumpido, es probable que se haya cruzado el umbral hacia la ansiedad. La señal más clara, según la experta, es la incapacidad de la persona para recuperar la tranquilidad, incluso cuando la fuente original del malestar ya no está presente. Su cuerpo y mente continúan reaccionando como si la amenaza fuera inminente.
La psicóloga destaca que el cuerpo suele ser el primer mensajero de que algo no anda bien, manifestándose a través de insomnio, tensión muscular, jaquecas, problemas digestivos o un agotamiento que el descanso no mitiga. A nivel emocional, la irritabilidad, la sensación de desbordamiento, la dificultad para concentrarse, los pensamientos intrusivos relacionados con el trabajo y la percepción de insuficiencia son indicadores comunes. Rebeillé añade que la frase "ya no soy como antes" es una constante en su consulta, describiendo a individuos que, previamente resilientes, ahora se ven superados por situaciones cotidianas. Estos cambios, si perduran, requieren atención y no deben ser normalizados, ya que a menudo se subestima el tiempo que se lleva viviendo al límite.
Respecto a la dificultad de desconectar, la psicóloga señala que es un desafío común. La mente, acostumbrada a la presión y a las tareas pendientes, no cesa su actividad automáticamente al finalizar la jornada. La necesidad de resolver asuntos pendientes conduce a un ciclo de pensamientos recurrentes, incluso cuando no se puede actuar sobre ellos. Aprender a desconectar es una habilidad que requiere establecer límites claros. Factores como la sobrecarga de trabajo y la falta de control son, en su experiencia, los que más malestar generan. No es solo la cantidad de trabajo, sino la sensación de no tener capacidad de decisión, de no poder cumplir con todo o de vivir en una constante incertidumbre. El agotamiento es inevitable cuando las exigencias superan consistentemente los recursos personales, siendo más perjudicial la sensación de que el esfuerzo nunca será suficiente que un pico ocasional de trabajo.
La autoexigencia y el perfeccionismo también juegan un papel crucial. Aunque pueden ser cualidades positivas, se vuelven problemáticas cuando definen el valor personal. Los perfeccionistas a menudo sienten que nunca es suficiente, incluso con logros, lo que los mantiene en un estado de alerta constante y les impide disfrutar. Con el tiempo, el trabajo deja de ser una fuente de satisfacción y se convierte en una fuente perpetua de tensión. Cuidar la salud mental implica reconocer los propios límites y entender que la excelencia no implica la perfección.
Rebeillé también aborda cómo el cerebro asocia estímulos laborales con ansiedad, haciendo que la inquietud surja incluso antes de iniciar tareas. Esta anticipación puede generalizarse, afectando la vida personal, como la dificultad del "domingo por la tarde". Es una memoria emocional, donde el cuerpo se prepara para amenazas pasadas. Romper esta asociación y crear nuevas experiencias de calma es esencial para que el trabajo deje de ser percibido como una amenaza. Finalmente, Rebeillé diferencia entre estrés, burnout y ansiedad. El estrés es una respuesta puntual, el burnout está ligado al ámbito laboral (agotamiento, desmotivación), y la ansiedad puede extenderse a todas las áreas de la vida. Recomienda una evaluación individualizada para una ayuda efectiva.
Desconectar del trabajo a menudo genera culpa, arraigada en creencias sobre la productividad y el valor personal. Sin embargo, el descanso es vital para sostener la implicación sin agotarse. Aprender a parar sin culpa permite verificar que el trabajo puede esperar y que el valor personal no se basa en la actividad constante. Aunque técnicas individuales como la respiración, el mindfulness o la organización del tiempo son útiles para gestionar el estrés y reducir la activación fisiológica, no pueden resolver por sí solas problemas estructurales en entornos laborales poco saludables. La responsabilidad de la salud mental no recae únicamente en el empleado; las condiciones de trabajo deben revisarse. Pedir a alguien que respire mejor en un entorno perjudicial es como intentar bajar el volumen de una alarma sin apagar el incendio. Para proteger la salud mental, es crucial establecer límites claros, respetar el descanso, mantener hábitos saludables y buscar apoyo. Reconocer la necesidad de ayuda no es un signo de debilidad, sino de inteligencia. A veces, proteger la salud mental implica reevaluar condiciones laborales insostenibles. El acompañamiento terapéutico puede ayudar a integrar estos cambios de manera sostenible.
Esta entrevista nos revela que la ansiedad laboral no es un indicativo de debilidad personal, sino un claro señal de que se han alcanzado los límites. Aceptar que algo no está bien no significa claudicar, sino más bien atender a una llamada de atención que nos indica la necesidad de priorizar aspectos de nuestra vida. Si bien el trabajo puede ser una fuente importante de realización y desarrollo, es imperativo que coexista con el espacio necesario para el descanso, las relaciones personales y la vida más allá de lo profesional. Una mente sana no se trata de una productividad incesante, sino de la capacidad de comprometernos con nuestras actividades sin que estas consuman por completo nuestro bienestar psicológico. La verdadera plenitud no solo se mide por lo que hacemos, sino por nuestra habilidad para descansar, disfrutar de nuestros vínculos y cultivar aquellas actividades que dan un propósito a nuestra existencia.