Estudios científicos han revelado que los infantes, a partir de los cinco meses de edad, ya comienzan a mostrar una apreciación por el humor. Esta capacidad se manifiesta en su reacción ante incongruencias inofensivas, como ver a un adulto usar un objeto de manera incorrecta o hacer gestos faciales exagerados. Contrario a la creencia popular de que el humor surge con el lenguaje, esta temprana respuesta indica una incipiente interpretación de su entorno, transformando la risa en algo más que una mera reacción automática.
La interacción con los cuidadores es fundamental en cómo los bebés interpretan las situaciones. Cuando un bebé observa una situación inusual, su mirada se dirige a las expresiones faciales del adulto. Una sonrisa o una risa de los padres sirven como una señal que valida la situación como divertida, incentivando al bebé a unirse a la carcajada. Este fenómeno, conocido como referencia social, destaca cómo las emociones de figuras de confianza guían la reacción del bebé, un desarrollo social que se acentúa entre los cinco y siete meses.
Las investigaciones demuestran que las personas, y no los objetos, son la principal fuente de alegría para los bebés. Los padres utilizan de forma intuitiva diversas estrategias, como cambios en el tono de voz, gestos exagerados, movimientos inesperados o juegos como el “cucú-tras”, para provocar la risa. Esto subraya que el humor en la primera infancia se enraíza profundamente en la interacción social, donde una simple mirada o una expresión juguetona pueden desatar una risa contagiosa.
La fascinación de los bebés por la repetición, como en el juego del “cucú-tras”, no es arbitraria. A través de la reiteración, los pequeños aprenden a anticipar eventos, y la combinación de esta previsibilidad con pequeñas sorpresas mantiene viva la diversión. Lejos de aburrirse, la repetición les ayuda a consolidar nuevos aprendizajes, convirtiendo cada juego repetido en una valiosa lección para comprender patrones y secuencias.
La risa no es solo una manifestación de alegría; es una herramienta poderosa para el aprendizaje. A través de ella, los bebés desarrollan habilidades cruciales como la interpretación de expresiones faciales, la mejora de la comunicación, el fortalecimiento de los vínculos afectivos y la comprensión de las dinámicas sociales. El humor, entonces, se convierte en un laboratorio lúdico donde los bebés experimentan, observan y absorben conocimientos esenciales sobre las personas y el complejo mundo que los rodea.
Aunque cada bebé tiene su propio ritmo, la sonrisa social aparece entre las 6 y 8 semanas, seguida de las primeras risas sonoras entre los 3 y 4 meses. Hacia los 5 meses, ya captan situaciones humorísticas, y entre los 5 y 7 meses, la risa se vuelve más dependiente del contexto social. A partir de los 8 o 9 meses, el humor se refina, permitiendo disfrutar de bromas más elaboradas. Estas etapas, si bien orientativas, resaltan cómo la risa es un componente dinámico y esencial del desarrollo infantil, impulsando habilidades cognitivas, emocionales y sociales fundamentales.