En la etapa infantil, es común que los niños desarrollen ciertas costumbres, rituales o supersticiones que les brindan una sensación de seguridad y control en un mundo que aún están aprendiendo a comprender. Estas conductas, como pedir siempre el mismo cuento antes de dormir o preferir un vaso de un color específico, suelen ser parte del crecimiento normal y desaparecen con el tiempo. No obstante, algunas de estas acciones repetitivas pueden indicar una necesidad más profunda y generar una angustia significativa. Es crucial saber identificar cuándo estas peculiaridades infantiles podrían ser un indicio de un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC).
La psicóloga clínica Iratxe López Fuentes, directora de Iratxe López Psicología en Bilbao, subraya que la diferencia fundamental entre una manía común y una manifestación de TOC radica en la función de la conducta y su impacto en la vida del niño. Mientras que un ritual normal es flexible y no interfiere con el día a día, el TOC implica obsesiones (pensamientos intrusivos que causan malestar) y/o compulsiones (acciones realizadas para neutralizar dicho malestar o evitar un evento temido). Estas compulsiones, a menudo, ocupan más de una hora al día o provocan un sufrimiento considerable. Una señal de alerta clave es la reacción del niño cuando no puede realizar el ritual: si experimenta una angustia desproporcionada, rabietas intensas, bloqueo o la necesidad imperiosa de empezar de nuevo, podría ser algo más que una simple costumbre. Otros indicadores incluyen el aumento progresivo del tiempo dedicado a los rituales, la aparición de vergüenza o secretismo en torno a ellos, la búsqueda constante de tranquilidad y el impacto en la dinámica familiar. El TOC infantil puede manifestarse de diversas formas, incluyendo compulsiones mentales no visibles, como realizar cálculos o repetir frases mentalmente, así como la necesidad de simetría, la repetición de acciones escolares o el temor a hacer daño a otros.
Para los padres que observan conductas repetitivas en sus hijos, la recomendación principal es buscar asesoramiento profesional temprano. Intervenir a tiempo no solo ofrece una mejor oportunidad de tratamiento, sino que también ayuda a prevenir que el TOC se consolide y afecte negativamente el rendimiento académico, las relaciones sociales y la autoestima del niño. Es esencial que los padres validen las emociones de sus hijos sin alimentar los rituales, y trabajen con un psicólogo para implementar estrategias graduales que permitan al niño enfrentar el malestar sin recurrir a las compulsiones. El tratamiento psicológico más eficaz para el TOC en niños y adolescentes es la terapia cognitivo-conductual, que incluye la exposición con prevención de respuesta (EPR), adaptada a la edad y las necesidades individuales de cada paciente, y en casos severos, puede combinarse con medicación bajo supervisión psiquiátrica. Consultar a un especialista ante la duda es un paso proactivo que puede marcar una diferencia significativa en el bienestar del niño.