Cuando un bebé se encuentra alterado, muchos padres recurren de manera intuitiva al sonido "shhh" para tranquilizarlo. Esta práctica, que a menudo surge de forma espontánea, ha demostrado ser sorprendentemente efectiva en numerosas ocasiones. A pesar de que la ciencia aún no ha revelado una única explicación definitiva para su funcionamiento, diversas investigaciones sugieren que este sonido, especialmente cuando se combina con otras técnicas de consuelo, puede influir positivamente en el estado de ánimo de los pequeños. La capacidad de los bebés para responder a estímulos sonoros continuos y su posible conexión con experiencias intrauterinas son factores clave que podrían explicar por qué este simple gesto se convierte en un recurso tan valioso para los cuidadores.
La estrategia del "shhh" para calmar a un bebé se integra comúnmente en un conjunto de acciones que los padres adoptan de forma natural. Generalmente, cuando un bebé llora, no basta con una sola medida para que se calme instantáneamente. En cambio, los cuidadores suelen combinar varias técnicas, como sostener al bebé, mecerlo suavemente, hablarle con tono tranquilizador y, por supuesto, emitir el sonido "shhh".
Un estudio publicado en la revista PLOS ONE, liderado por Eline Möller y su equipo, investigó la efectividad de una combinación de estas técnicas. La investigación, que involucró a 69 bebés de hasta seis meses, analizó las respuestas de los pequeños durante diferentes fases de consuelo. Cuando los padres envolvían a los bebés, los sostenían, les susurraban "shhh" y los movían con delicadeza, se observó una disminución notable en el nivel de irritabilidad. Además, se registraron cambios en la variabilidad de la frecuencia cardíaca, un indicador de la regulación fisiológica del bebé.
Aunque este estudio no aísló el efecto exclusivo del "shhh", ya que formaba parte de una intervención múltiple que incluía contacto y movimiento, sí respaldó la idea de que esta combinación de estímulos puede generar una rápida respuesta de calma en bebés inquietos. La clave parece residir en la sinergia de estos elementos, que juntos crean un ambiente de seguridad y confort para el recién nacido.
Otro aspecto relevante es la relación entre los sonidos continuos y la inducción del sueño. En 1990, un estudio aleatorizado con 40 recién nacidos (de 2 a 7 días de edad) comparó la respuesta de un grupo expuesto a ruido blanco con la de un grupo de control. Los resultados fueron sorprendentes: el 80% de los bebés que escucharon ruido blanco se durmieron en los primeros cinco minutos, en contraste con solo el 25% del grupo de control. Si bien el "shhh" no es idéntico al ruido blanco, comparte la característica de ser un estímulo sonoro constante y sin interrupciones bruscas, lo que sugiere que podría tener un efecto similar en algunos recién nacidos al facilitar el paso de un estado de alerta al sueño.
La conexión con los sonidos de la vida intrauterina también ha generado interés. El útero no es un entorno silencioso; los bebés están expuestos a una variedad de sonidos provenientes del cuerpo materno y del exterior. Una investigación de 1979 examinó cómo respondían 60 bebés a grabaciones de sonidos intrauterinos. Se descubrió que estos ruidos tranquilizaron al 90% de los bebés inquietos o llorando, aunque no tuvieron un efecto significativo en aquellos que ya estaban tranquilos o somnolientos. Si bien este estudio no confirma que el "shhh" imite directamente los sonidos intrauterinos, sí destaca la importancia de la experiencia sonora prenatal y su potencial para calmar a los recién nacidos alterados. La investigación subraya que ciertos sonidos pueden tener un efecto tranquilizador, una hipótesis que sigue siendo explorada.
En definitiva, la efectividad del sonido "shhh" en los bebés no se atribuye a un único factor, sino a una combinación de mecanismos. La investigación científica ha revelado que los sonidos continuos pueden favorecer el sueño y que el "shhh" es un componente clave en estrategias de consuelo que han demostrado ser exitosas en estudios experimentales. Este sonido, junto con el contacto físico y el movimiento, crea un conjunto de estímulos que el bebé asocia con la calma, lo que explica por qué tantos padres recurren a él de forma instintiva para tranquilizar a sus hijos.