Con frecuencia, ansiamos eventos o hitos importantes en nuestra vida, como un ascenso laboral, la adquisición de una vivienda o un viaje soñado. Sin embargo, al alcanzarlos, la satisfacción suele ser breve, dejando paso a una sensación de vacío o neutralidad. Nos sentimos decepcionados, no por el logro en sí, sino por nuestra incapacidad para disfrutarlo plenamente. La psicóloga Esther Boada, directora de Centre Sukha, profundiza en este fenómeno, explicando que nuestra mente se habitúa con rapidez a lo positivo, dirigiendo su atención hacia el siguiente deseo o meta. Esta dinámica nos mantiene en un ciclo de búsqueda constante, donde la promesa de felicidad se desvanece pronto.
Este comportamiento es un reflejo de la adaptación hedónica, un concepto psicológico que describe cómo los seres humanos retornan a un estado de bienestar emocional estable después de experimentar picos de alegría o tristeza. Un ejemplo ilustrativo es la persona que estrena un hogar tras años de esfuerzo; la dicha inicial se diluye con el tiempo, y la mente pronto empieza a planificar futuras mejoras. Boada enfatiza que el problema no radica en el deseo de progreso, sino en la tendencia a enfocarse únicamente en lo que nos falta, ignorando y desvalorizando lo ya conseguido.
La tendencia a priorizar lo que nos falta en lugar de apreciar lo que tenemos no es un destino ineludible. Es un sesgo cognitivo que puede ser modificado con una práctica consciente. La Dra. Boada subraya que la capacidad de disfrutar se puede entrenar. Implica detenerse, recordar nuestras bendiciones actuales y reconocer que muchas de las cosas que hoy damos por sentadas fueron, en algún momento, fervientes anhelos. Consideremos nuestro empleo actual: quizás lamentamos el desplazamiento diario o las reuniones de los lunes, pero hubo un tiempo en el que ese mismo puesto era un objetivo anhelado. La solución, por tanto, no es acumular más, sino cambiar nuestra forma de ver lo que ya existe.
A menudo, la frustración post-logro surge de una confusión entre la intensidad de la persecución de un objetivo y la felicidad sostenida. La psicóloga explica que tendemos a equiparar la felicidad con la emoción momentánea de conseguir algo. Aquí interviene el sistema de recompensa cerebral, que libera dopamina durante la búsqueda y anticipación de la meta, haciendo que la persecución de objetivos sea casi adictiva. Este enganche a la "búsqueda" o al "poder lograrlo" puede eclipsar el valor intrínseco de lo que se obtiene. Un corredor que entrena durante meses para una maratón puede experimentar un vacío inesperado al cruzar la meta, revelando que lo que lo motivaba era más la persecución que la propia medalla. Esta dinámica puede llevar a una devaluación del logro, advierte Boada: "Cuando esa emoción inicial pasa, quizás descubrimos que aquello no era tan importante como imaginábamos".
Si la alegría por tus logros se disipa rápidamente, puedes incorporar estas estrategias en tu vida diaria para reconectar con el presente:
Aprender a saborear el presente no implica abandonar la ambición ni el deseo de crecer. Se trata de desvincular nuestro bienestar emocional de la acumulación constante de éxitos externos. La reflexión final de Esther Boada nos invita a trascender la mera consecución de objetivos y a cuestionar dónde realmente buscamos la felicidad: "La felicidad probablemente tenga mucho menos que ver con acumular logros y mucho más con cómo vivimos, con quién compartimos la vida y cómo nos sentimos mientras la estamos viviendo".