Hay una magia inexplicable en el rostro de un infante. Sus ojos grandes, mejillas regordetas y esa expresión de fragilidad son elementos que nos cautivan instantáneamente. No es necesario que sea nuestro propio hijo para sentir esa profunda oleada de afecto. Surge la pregunta: ¿qué hay en la fisonomía de un bebé que provoca una reacción tan poderosa y rápida en nuestra psique?
Consideremos la apariencia de un recién nacido o un lactante. Su cabeza es desproporcionadamente grande en relación con su cuerpo, la frente es prominente y sus ojos parecen inmensos. Las mejillas suelen ser rellenas, mientras que la nariz y la boca ocupan un espacio comparativamente menor. Estos atributos constituyen lo que los científicos denominan el 'esquema de bebé'. Curiosamente, estos rasgos no solo nos resultan encantadores, sino que también desencadenan una respuesta cerebral específica.
Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences investigó si las características infantiles tenían un efecto medible en la actividad cerebral. Para ello, se emplearon imágenes de bebés modificadas digitalmente para acentuar o atenuar estos rasgos. De esta manera, se compararon rostros con un 'esquema de bebé' más pronunciado con aquellos que lo presentaban en menor grado. Las participantes evaluaron como más adorables los rostros con un mayor número de atributos asociados al 'baby schema'. La verdadera revelación llegó al observar la actividad cerebral de las personas mientras miraban estas imágenes.
Las mujeres que participaron en el estudio, ninguna de ellas madres, mostraron activación del núcleo accumbens, una zona cerebral asociada al sistema de recompensa y la motivación, al observar rostros con un 'esquema de bebé' más marcado. Esto sugiere que no solo percibimos estos rostros como más adorables, sino que también están ligados a una respuesta cerebral de gratificación. Este hallazgo esclarece por qué la reacción ante un bebé puede ser tan inmediata; antes incluso de que conscientemente procesemos sus "ojos grandes", sus rasgos ya están siendo interpretados por nuestro cerebro. El estudio también indicó que esta respuesta puede manifestarse en mujeres sin hijos, sugiriendo un mecanismo que podría fomentar comportamientos de cuidado hacia los bebés, independientemente de la existencia de un vínculo familiar.
Es tentador concluir que la naturaleza ha diseñado a los bebés para ser adorables con el fin de asegurar su cuidado. La dependencia extrema de los infantes humanos de los adultos durante un prolongado período ha llevado a la hipótesis de que ciertos rasgos infantiles podrían haber evolucionado para elicitar respuestas de atención y cuidado, contribuyendo así a su supervivencia. El estudio de Glocker, de hecho, se fundamenta en esta premisa. Sin embargo, la investigación científica actual aconseja prudencia al extraer conclusiones definitivas. Una revisión de 2024 en Proceedings of the Royal Society B señaló que el concepto de 'baby schema' ha sido interpretado de diversas maneras en distintos estudios, lo que requiere cautela al comparar resultados. También advirtió que muchas de las conclusiones evolutivas asumidas como ciertas necesitan más evidencia. A pesar de estas precauciones, es innegable que las caras infantiles captan nuestra atención, evocan ternura y activan áreas cerebrales vinculadas a la recompensa. Lo que sí requiere mayor cautela es formular una explicación evolutiva cerrada y universal a partir de estos hallazgos.
Seguramente has notado que, al ver a un bebé, tu forma de hablar cambia de manera instintiva. Hablas más lento, con un tono más agudo y expresiones más exageradas de lo habitual. Este estilo de comunicación, conocido como 'parentese', es común cuando los adultos interactúan con los infantes. Aunque parezca una simple costumbre, esta forma de hablar es fundamental para captar la atención del bebé y fomentar la interacción. En el fondo, detrás de esta voz modificada, hay una manera natural de acercarse y conectar con ellos, ya que es casi imposible resistirse a la encantadora expresión de un bebé.