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La obediencia infantil: ¿virtud o señal de alarma según Freud?

08/14 2026

La obediencia en los niños, si bien facilita la convivencia y el respeto por las reglas, puede acarrear un costo psicológico significativo si se convierte en la estrategia principal para buscar afecto, evitar conflictos o conseguir la aprobación de los adultos. Un niño que aprende desde muy temprano a suprimir sus propios deseos, a anticipar lo que los demás esperan de él y a comportarse siempre de forma 'correcta', podría terminar enfrentando dificultades para identificar lo que realmente quiere. Con el tiempo, esto también podría mermar su capacidad para tomar decisiones, un proceso que inherentemente implica la posibilidad de equivocarse, de cambiar de opinión, de asumir pequeños riesgos y de aprender de las consecuencias. Para un niño habituado a buscar constantemente la validación adulta, cada elección puede transformarse en una serie de interrogantes: ¿estará bien esto?, ¿qué esperan de mí?, ¿y si se enfadan? En lugar de desarrollar un juicio propio, podría acostumbrarse a buscar fuera de sí mismo las respuestas a sus dilemas. Esta constante necesidad de aprobación puede manifestarse en una incapacidad para establecer límites, para expresar desacuerdo o para tolerar que alguien se sienta decepcionado. Por ello, es esencial detenerse ocasionalmente a reflexionar si nuestros hijos se sienten lo suficientemente cómodos y seguros como para decirnos un 'no'. Al fin y al cabo, educar no implica eliminar los conflictos, la frustración o los desacuerdos, sino enseñar a los niños a manejarlos sin perder su esencia. El verdadero objetivo no es que sigan nuestras instrucciones ciegamente, sino que aprendan a tomar sus propias decisiones cuando no estemos a su lado para guiarlos. Solo así podrán construir su propia identidad, en lugar de convertirse en aquello que creen que los demás desean que sean.

La represión de los deseos infantiles y el "superyó" exigente

Desde la perspectiva freudiana, un niño que muestra una obediencia inusual podría estar ocultando una represión de sus propios deseos o el desarrollo de un "superyó" excesivamente crítico. En lugar de simplemente comprender y acatar los límites, el niño podría estar silenciando sus impulsos o creencias genuinas. Esta supresión de la individualidad, aunque aparentemente facilita la armonía familiar, puede llevar a una incapacidad futura para expresar emociones, desacuerdos y preferencias personales. Es fundamental que los padres fomenten un ambiente donde los hijos se sientan seguros para manifestar sus sentimientos, incluso si son negativos, separando claramente la emoción del comportamiento inadecuado.

Para Freud, un elemento crucial del desarrollo psicológico radica en la habilidad de coexistir con anhelos que no siempre pueden ser satisfechos. Es completamente normal que un niño quiera un juguete ajeno, se resista a ir a dormir cuando prefiere seguir jugando, o desee un helado adicional. La realidad, las reglas y la interacción social naturalmente imponen barreras a estos impulsos, una dinámica totalmente esperable. No obstante, la problemática emerge cuando el niño no solo internaliza que no puede hacer todo lo que desea, sino que llega a creer que cualquier deseo propio es inherentemente incorrecto, lo cual puede conducir a la represión. Desde la psicología freudiana, la represión es el proceso de mantener fuera de la conciencia aquellos deseos, pensamientos o impulsos que se consideran inaceptables. En un niño excesivamente dócil, esta dinámica se manifiesta como una tendencia a no comunicar su enojo, desacuerdo o incluso sus preferencias. Además, Freud propuso que nuestra psique se compone del ello, el yo y el superyó. Simplificando, el "ello" encarna los deseos primarios, el "superyó" asimila las normas y prohibiciones, y el "yo" actúa como mediador entre estos impulsos, la realidad y las demandas externas. El "superyó" se forma al internalizar las figuras parentales y las normas sociales y familiares. Educar, por tanto, implica establecer límites. Sin embargo, la clave reside en cómo se transmiten y se hacen cumplir estas normas. Freud incitaría a los padres a reflexionar sobre qué tipo de voz interna están contribuyendo a forjar en sus hijos. No se trata de enseñar a desobedecer, sino de permitirles expresar lo que no les agrada, delimitando el comportamiento, pero no las emociones. Por ejemplo, decir: "puedes estar enfadado conmigo, pero no puedes golpearme", difiere mucho de "no puedes enfadarte conmigo". Es esencial separar la conducta del valor personal; no se trata de concederles todo, sino de que comprendan que existen comportamientos inadmisibles, sin que esto menoscabe su valor intrínseco. Un "eso que has hecho no está bien" permite la corrección, mientras que "eres un niño malo" asocia la norma directamente con la identidad.

La confusión entre afecto y sumisión: el costo de la aprobación

Otro aspecto preocupante de la obediencia extrema es cuando el niño equipara el amor y la aprobación parental con su propia sumisión. Si el niño percibe que solo es querido y reconocido cuando cumple con las expectativas, y que cualquier desviación genera decepción o rechazo, desarrollará la creencia de que debe complacer constantemente para mantener el vínculo afectivo. Esta confusión puede socavar su autoestima y su capacidad para establecer límites sanos en el futuro, impidiéndole desarrollar una individualidad auténtica y una toma de decisiones autónoma.

Según Freud, la interacción con los progenitores constituye un pilar fundamental en la edificación de la identidad. Durante la niñez, el infante no solo depende de ellos para la satisfacción de sus requerimientos básicos, sino que también anhela su aprobación, reconocimiento y, primordialmente, la certidumbre de sentirse amado. En consecuencia, las respuestas de los padres ante la conducta infantil pueden ejercer una influencia mucho más significativa de lo que solemos percibir. La dificultad emerge cuando el niño comienza a establecer un vínculo demasiado estrecho entre un buen comportamiento y el ser querido. Si percibe que recibe mayor afecto, atención o aprobación cuando obedece, y que, en contraste, decepciona, irrita o aleja a sus padres cuando se opone a algo, podría llegar a la conclusión de que, para ser amado, debe complacer sus expectativas en todo momento. Por ello, tras la imagen de un “niño ejemplar” que busca agradar, podría haber algo más profundo que simplemente una buena educación. Es posible que haya internalizado que equivocarse, protestar o contrariar no son meras conductas que pueden acarrear consecuencias, sino que las asume como amenazas directas al vínculo afectivo. Es imprescindible disociar nítidamente la conducta del afecto. Es posible mantener una norma y, simultáneamente, comunicar que el cariño permanece inalterable: "No puedes hacer eso, pero no estoy enfadado contigo" o "no estoy de acuerdo con lo que has hecho, pero te sigo queriendo igual". El objetivo primordial es que el niño comprenda la incondicionalidad de nuestro amor paternal.