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Las Olas de Calor: Un Desafío Climático y de Salud Pública en el Siglo XXI

08/03 2026

En el transcurso del verano actual, el mundo ha presenciado una alarmante sucesión de olas de calor, un fenómeno que el Dr. Juan José Zapata Yébenes, una autoridad en alergología, identifica como la señal más palpable y mortífera de la crisis climática que enfrentamos. Este experto subraya que, contrariamente a la creencia popular, el calor más insidioso se experimenta en las regiones costeras. Allí, la combinación de altas temperaturas y humedad crea un "efecto bochorno" que impide la evaporación del sudor, anulando la capacidad natural del cuerpo para regular su temperatura y llevando al sobrecalentamiento. Ante este escenario, es crucial comprender los orígenes de este problema y adoptar medidas preventivas para salvaguardar la salud de todos, especialmente la de los más vulnerables.

La situación actual de las temperaturas extremas no es un mero capricho del clima; representa una consecuencia directa de la emergencia climática. Los veranos de antaño, caracterizados por episodios esporádicos de altas temperaturas, han sido reemplazados por largos periodos de calor implacable que se extienden de junio a septiembre. Cada nuevo récord térmico es un recordatorio de los profundos retos que esto plantea para la salud pública, la economía y la propia adaptación biológica de nuestra especie. Este cambio drástico tiene sus raíces en la Revolución Industrial, un punto de inflexión en la historia de la humanidad.

Antes de la Revolución Industrial, los cambios climáticos significativos en la Tierra, como las eras glaciales o la desertificación, se desarrollaban a lo largo de milenios, impulsados por factores naturales como los ciclos orbitales, la actividad volcánica o las variaciones solares. Sin embargo, la quema masiva de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) a partir de la Revolución Industrial liberó una cantidad sin precedentes de dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera. La concentración de CO2, que antes era de 280 partes por millón (ppm), ha superado las 425 ppm, provocando un calentamiento global acelerado. Este aumento de casi 1.5ºC en la temperatura del planeta no solo ha incrementado la frecuencia de las olas de calor, sino también su duración, intensidad y, consecuentemente, su peligrosidad.

Existe la percepción errónea de que el peligro del calor se limita a ambientes desérticos o regiones interiores con temperaturas superiores a los 45º C. No obstante, los estudios médicos y los datos epidemiológicos demuestran lo contrario: el calor más nocivo se experimenta en las zonas costeras. En estos entornos, la alta temperatura ambiental se combina con la humedad marina, lo que genera el "efecto bochorno". Bajo estas condiciones, el aire se satura de agua, impidiendo que el sudor se evapore eficazmente. Como resultado, el cuerpo humano pierde su capacidad natural de enfriamiento y se sobrecalienta. Sistemas de monitoreo como el MoMo en España han revelado que la mortalidad se dispara silenciosamente durante estas olas de calor húmedas. El calor extremo actúa como un factor desencadenante oculto que descompensa la salud de individuos con afecciones preexistentes, provocando fallos cardíacos, renales o respiratorios, aunque raramente se registran como "golpes de calor" directos en los hospitales.

La adaptación a esta nueva realidad climática exige un cambio fundamental en nuestros hábitos. Para la población en general, es vital una hidratación constante, consumiendo al menos dos litros de agua al día y evitando el alcohol o las bebidas azucaradas. Es recomendable mantener los hogares frescos cerrando persianas y ventanas durante las horas de mayor insolación, y ventilar solo por la noche o a primera hora de la mañana. Además, se debe modificar el horario de actividades físicas intensas al aire libre, evitándolas entre las 12:00 y las 18:00 horas, y optar por una alimentación ligera rica en frutas y verduras.

Para la población vulnerable, que incluye a mayores de 65-70 años, bebés, embarazadas y enfermos crónicos, la atención debe ser aún mayor. Este grupo, que representa el 90% de la sobremortalidad por calor, requiere una vigilancia activa. Familiares y cuidadores deben ofrecerles agua constantemente, ya que a menudo pierden la sensación de sed. Es crucial consultar al médico si se toman medicamentos para la tensión arterial o diuréticos, ya que pueden alterar la respuesta del cuerpo al calor. En momentos de calor extremo, si la temperatura en casa supera los 32ºC, los ventiladores pueden no ser suficientes; se recomienda que estas personas pasen de dos a tres horas diarias en espacios climatizados como bibliotecas o centros comerciales. Además, nunca se debe dejar a nadie, ni a mascotas, dentro de un vehículo estacionado, ya que la temperatura interior puede aumentar drásticamente en cuestión de minutos.

La crisis climática ya no es una amenaza futura, sino una realidad presente que define nuestros veranos. Para mitigar sus efectos a largo plazo, es indispensable una reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel global. Sin embargo, en el corto plazo, la protección de vidas depende de la responsabilidad individual y la solidaridad comunitaria. Una simple llamada o una visita diaria a vecinos o familiares mayores y solos puede ser la herramienta más humana y eficaz para enfrentar el calor extremo y ganar la batalla contra el termómetro.