Este artículo examina la conducta de las personas con demencia, argumentando que lo que a menudo se etiqueta como "problemático" es, en realidad, una forma de comunicación esencial. El psicólogo Javier Casanoves enfatiza la importancia de comprender el contexto y la función de estas acciones, ya que pueden señalar dolor, miedo, incomodidad o necesidades no verbalizadas. Propone un cambio de perspectiva: en lugar de buscar cómo detener la conducta, se debe indagar qué la motiva, permitiendo así intervenciones más adecuadas y humanas. La observación detallada y la adaptación del entorno son clave para mejorar el bienestar de quienes padecen demencia.
En el mes de octubre de 2026, el reconocido psicólogo general sanitario, Javier Casanoves (CV20200), ha puesto de manifiesto la vital importancia de interpretar las expresiones conductuales de las personas que viven con demencia. Desde su consulta en línea, el experto subraya que manifestaciones como gritos durante el aseo, el rechazo a la alimentación, intentos de deambulación o resistencia física ante la ayuda, no deben ser simplificadas bajo la etiqueta de "conducta problemática".
Casanoves argumenta que cada acción tiene un propósito subyacente y un contexto específico, especialmente cuando la capacidad de comunicación verbal se deteriora. Para el paciente con demencia, estas conductas se transforman en un lenguaje primario para transmitir sensaciones como dolor, frío, vergüenza, confusión o una profunda necesidad de control. Por ejemplo, una persona que se opone al aseo podría estar experimentando dolor al mover un brazo, sensación de frío, o no comprender lo que está sucediendo, y no simplemente manifestando "oposición".
El psicólogo insta a los cuidadores y profesionales a ir más allá de la superficie y a preguntarse: "¿qué circunstancias hacen que esta conducta sea lógica en este momento?". Este enfoque transformador implica una observación meticulosa del entorno: cuándo y dónde ocurre la conducta, si hay ruidos excesivos, demasiadas personas o instrucciones complejas. También es crucial considerar posibles factores fisiológicos como hambre, sed, estreñimiento, fatiga o dolor, así como la comprensión del paciente sobre las solicitudes que se le hacen.
Asimismo, Casanoves resalta que cualquier cambio repentino en el comportamiento habitual, como la aparición súbita de agitación, podría ser un indicio de un problema médico subyacente y tratable, como una infección, efectos adversos de medicamentos o un síndrome confusional agudo, en lugar de ser meramente una progresión de la demencia. La adaptación del entorno, la reducción de estímulos, la comunicación sencilla y el respeto por el ritmo del paciente son estrategias fundamentales para minimizar situaciones de conflicto y mejorar su calidad de vida.
Este cambio de paradigma en la atención a la demencia permite no solo proteger al paciente y a quienes lo cuidan, sino también identificar y abordar las causas fundamentales de las conductas, humanizando así el cuidado. Como bien señala Casanoves, en un contexto donde las palabras escasean, la habilidad para "leer" la información que transmiten las conductas se convierte en una piedra angular del cuidado.
La profunda perspectiva ofrecida por Javier Casanoves nos invita a replantear cómo interactuamos con las personas que padecen demencia. Este enfoque, centrado en la empatía y la observación minuciosa, no solo desestigmatiza las llamadas "conductas problemáticas", sino que las eleva a un nivel de comunicación legítima. Al entender que cada grito o rechazo es un intento de expresar una necesidad, dolor o malestar, se abre la puerta a un cuidado mucho más humano y efectivo. Es un recordatorio poderoso de que, incluso cuando las palabras fallan, el ser humano siempre encuentra una forma de comunicar su experiencia, y nuestra responsabilidad es aprender a escuchar ese lenguaje no verbal con atención y compasión.