¿Alguna vez has sentido que tus ideas, sentimientos o percepciones no eran tomados en serio por los demás? ¿Quizás hayas optado por el silencio, evitando conflictos y salvaguardando tu paz, pero te has detenido a considerar cómo esta actitud afecta a quienes te rodean y la importancia de comprender su punto de vista? Según Luis Guillén, psicólogo de Psicopartner, no es inusual que existan diferencias de opinión, y esto es parte integral de cualquier relación saludable. Es posible discrepar con alguien mientras se reconoce que sus emociones son válidas para ellos. La distinción radica en que la discrepancia respeta la vivencia emocional del otro, mientras que la descalificación la suprime, la reduce o incluso la ridiculiza.
El experto ofrece un ejemplo claro: en lugar de frases como «¡qué exagerado!» o «no es para tanto», que sugieren que la reacción del otro es errónea, una respuesta más empática sería: «Aunque yo no lo habría percibido de la misma manera, entiendo perfectamente que a ti te haya afectado así». Con el tiempo, la constante minimización puede llevar a que la persona afectada se abstenga de expresar sus sentimientos, o incluso a que dude de su propia percepción de la realidad. En muchas ocasiones, la intención no es perjudicar. Algunas personas crecieron en entornos donde la expresión emocional se consideraba un signo de debilidad, por lo que aprendieron a reprimirla, tanto en sí mismos como en los demás, según explica el psicólogo.
Luis Guillén también señala que algunas personas se sienten incómodas ante el sufrimiento ajeno y buscan resolverlo rápidamente restándole importancia. Otras veces, la invalidación es un mecanismo para ejercer control o evitar conversaciones difíciles. Sin embargo, independientemente de la intención, el impacto emocional puede ser devastador. La exposición continua a la invalidación puede tener repercusiones significativas en la autoestima y el bienestar emocional. Muchas personas desarrollan una profunda inseguridad sobre sus propias emociones y aprenden a desconectarse de ellas, sintiendo que nunca son comprendidas, explica el psicólogo. Además, es común que surjan sentimientos de culpa, dificultades para establecer límites saludables, dependencia de la aprobación externa e incluso síntomas de ansiedad y depresión. Cuando alguien escucha repetidamente que «lo suyo no es importante», termina interiorizando esta idea, llegando a creer que sus propias necesidades carecen de valor.
El primer consejo del especialista es recordar que no es necesario que la otra persona comparta nuestra visión o sienta lo mismo para que nuestras emociones sean legítimas. Establecer límites saludables implica comunicar claramente cómo nos afecta la actitud del otro y expresar la necesidad de un respeto mínimo, incluso en situaciones de desacuerdo. También es crucial evitar caer en la trampa de justificar o defender constantemente lo que uno siente. Cuando la invalidación es recurrente y persiste a pesar de haber expresado el malestar que genera, puede ser necesario reevaluar la relación o el nivel de implicación con esa persona para salvaguardar nuestro bienestar psicológico. Es fundamental recordar que en relaciones saludables, es posible corregir, discrepar y debatir sin denigrar ni hacer sentir al otro que sus emociones carecen de valor.