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Enseñar a los niños a manejar la frustración a través del juego

06/19 2026

La vida, con sus altibajos, nos confronta a menudo con la derrota, una realidad que, aunque conocida, sigue siendo difícil de aceptar. En el caso de los niños, esta experiencia puede generar una intensa oleada de impotencia, frustración y enojo. Por ejemplo, es común verlos arrojar las piezas de un juego de mesa tras perder, llorar si no ganan un partido o culpar a sus hermanos de hacer trampas. Con el tiempo, los adultos aprendemos a afrontar los reveses, entendiendo que los errores son parte del camino y que un mal resultado no define nuestro valor. Sin embargo, no podemos esperar que un niño celebre una derrota; lo fundamental es guiarlo para que aprenda a gestionar esos pequeños fracasos sin desmoronarse.

Saber encajar las derrotas es una de las habilidades emocionales más valiosas en la vida. Implica aceptar que no todo saldrá como se desea, tolerar la frustración, gestionar las emociones desagradables y seguir adelante. Un niño que aprende a perder también desarrolla la perseverancia ante los desafíos, la capacidad de recuperarse de los errores y la fortaleza para no sucumbir ante las adversidades. Si no les brindamos oportunidades para experimentar pequeñas derrotas, corren el riesgo de desarrollar una baja tolerancia al malestar, lo que podría hacer que cualquier "no", error o resultado negativo les resulte insoportable. La frustración, a menudo vista como algo a evitar, en realidad cumple una función esencial: surge cuando hay una brecha entre lo que anhelamos y lo que obtenemos. Sin ella, no habría esfuerzo, persistencia ni aprendizaje. El objetivo no es evitar que los niños se sientan mal al perder, sino que entiendan que está bien sentirse así y, aun así, seguir adelante. Enseñarles a perder no es fomentar la resignación, sino la resiliencia. En este proceso, los juegos se presentan como una herramienta inestimable, ya que ofrecen pequeñas dosis de derrota en un entorno seguro, efímero y sin consecuencias graves, siempre con la posibilidad de un nuevo intento.

Existen diversos juegos que facilitan este aprendizaje. El "juego del revés" propone alterar las reglas de una actividad competitiva, como que en una carrera gane el último, o en el tres en raya, el que se quede sin opciones. Esta inversión de reglas rompe la asociación automática entre "ganar" y éxito, mostrando que "perder" es simplemente otro resultado. Las sillas musicales, un clásico atemporal, enseñan que la eliminación es inherente al juego y que quedarse fuera no es un fracaso personal, sino parte de la dinámica, lo que ayuda a los niños a aceptar la derrota como una experiencia pasajera. Además, les muestra que pueden seguir disfrutando y formando parte del grupo, aunque no estén participando activamente, lo que es vital para su autoestima. Jenga, por su parte, es una metáfora de la vida: los errores son parte de la diversión. La risa colectiva ante la caída de la torre desactiva la tensión, enseñando que equivocarse no es una catástrofe y que el error no amenaza el vínculo ni la pertenencia al grupo; la torre se reconstruye y el juego continúa.

Proteger a los niños de toda frustración, aunque comprensible, puede ser contraproducente. Las pequeñas derrotas de la infancia son en realidad entrenamientos emocionales cruciales para los desafíos de la vida adulta. Los niños no necesitan aprender a ganar, sino a comprender que perder no disminuye su valor, el afecto que reciben ni sus oportunidades. Si un niño es capaz de perder, frustrarse, respirar hondo y volver a intentarlo, estará mucho mejor equipado para afrontar cualquier reto que la vida le presente, desarrollando una perspectiva positiva y perseverante ante las dificultades.