La búsqueda de la felicidad es un viaje universal que a menudo nos lleva por caminos inesperados. Mientras algunos la conciben como el resultado de logros personales o posesiones materiales, otros, con el paso del tiempo, descubren que la verdadera dicha reside en las conexiones humanas y en el amor compartido. La capacidad de sentirnos apreciados, de cuidar a nuestros seres queridos y de contribuir a su alegría, se revela como un pilar fundamental para dar sentido a nuestra existencia. En este contexto, la renombrada escritora Isabel Allende, reciente merecedora del Premio Planeta 2026, nos invita a una introspección sobre esta idea con una frase que redefine nuestra percepción de la felicidad: “La felicidad que se vive deriva del amor que se da, y más tarde ese amor será la felicidad de uno mismo”. Esta afirmación nos lleva a cuestionar la dinámica entre el altruismo y el bienestar personal, y hasta qué punto nuestra satisfacción puede entrelazarse con aquello que ofrecemos a los demás.
Isabel Allende, una figura literaria cumbre del panorama hispanohablante, nació en Lima, Perú, en 1942, y aunque su vida estuvo ligada a Chile, su influencia trascendió fronteras con su prolífica obra. Desde su debut en 1982 con “La casa de los espíritus”, ha cautivado a millones con relatos que exploran el amor, la pérdida, la memoria y la resiliencia femenina. Sus novelas, que incluyen títulos como “Eva Luna”, “Paula” y “Violeta”, han vendido más de 80 millones de copias globalmente, consolidándola como una de las autoras más leídas. Reconocimientos como el Premio Nacional de Literatura de Chile en 2010 y la Medalla Presidencial de la Libertad de EE. UU. en 2014, son testimonio de su impacto literario. El 15 de octubre de 2026, a sus 84 años, recibió el Premio Planeta por “La hora antes del alba”, una novela que retoma el universo de su aclamada “La casa de los espíritus”, en una ceremonia presidida por los reyes de España, Felipe VI y Letizia.
La trayectoria personal de Allende, marcada por el exilio, la trágica pérdida de su hija Paula y su compromiso con las mujeres vulnerables, ha moldeado su visión del mundo. Ella misma ha expresado que sus mayores logros no son sus libros, sino el amor compartido y sus esfuerzos por ayudar a los demás. Esta filosofía de vida se alinea con su inspiradora frase sobre la felicidad. La psicóloga Violeta Acedo explica que, aunque solemos asociar la felicidad con eventos positivos que nos suceden, también podemos encontrar una profunda satisfacción al ser nosotros quienes generamos alegría en otros. Este fenómeno, conocido en psicología como conducta prosocial, ha sido objeto de estudio científico. Un experimento de 2008 demostró que las personas que gastaban dinero en otros experimentaban mayor felicidad que quienes lo gastaban en sí mismos, a pesar de que, a priori, muchos pronosticaban lo contrario. Esto sugiere que a veces ignoramos lo que verdaderamente nos produce bienestar.
Entonces, ¿es más gratificante dar que recibir? La especialista aclara que ambas experiencias son esenciales. La enseñanza de Allende radica en que amar no es solo esperar ser feliz a través del otro, sino también encontrar plenitud al saber que hemos contribuido a su bienestar. La preparación de una sorpresa, la organización de una celebración, o la búsqueda del regalo perfecto para alguien especial, a menudo nos brindan más ilusión que el evento en sí. La felicidad de nuestros seres queridos se convierte en una experiencia compartida, un eco de nuestra propia dicha. Sin embargo, no toda ayuda genera el mismo bienestar; la voluntariedad es clave. Cuando ayudamos por deseo genuino, la satisfacción es mayor tanto para el que da como para el que recibe. El esfuerzo invertido no siempre es el factor determinante, sino el significado personal y la libertad con la que se actúa.
La expresión del amor varía entre individuos. Algunos demuestran afecto a través del cuidado, la anticipación de necesidades o pequeños gestos, mientras que otros requieren palabras de cariño, interés explícito o la certeza de ser el centro de atención. Estas diferencias, según la psicóloga Acedo, provienen de nuestras historias personales y cómo hemos aprendido a interpretar el cariño. La necesidad de afecto no implica menor generosidad; todos anhelamos sentirnos queridos, aunque lo manifestemos de distintas maneras. El concepto de “responsividad percibida” en psicología ayuda a comprenderlo: se refiere a la medida en que sentimos que el otro nos comprende, valora y atiende nuestras necesidades. Así, alguien puede recibir múltiples muestras de cariño y no sentirse comprendido, mientras que un simple gesto de un amigo al recordar una preocupación puede generar un profundo sentimiento de afecto.
Existe una paradoja en quienes son excepcionalmente generosos pero se sienten incómodos al recibir ayuda, tan habituados a dar que les cuesta reconocer sus propias necesidades emocionales. Esta dinámica plantea una cuestión crucial: ¿podemos sufrir si damos en exceso y recibimos poco? Aunque el amor no es una transacción comercial, donde se lleva un registro de favores, la reciprocidad es fundamental. La generosidad impulsada por el miedo a defraudar, a generar enfado o a perder el afecto, puede transformarse en una carga emocional. En una relación, puede haber momentos de desequilibrio donde uno necesita más apoyo, pero el problema surge cuando este desequilibrio se perpetúa y las necesidades propias quedan relegadas. Para discernir si la generosidad nace de la libertad o del temor, Acedo sugiere preguntarse: “¿Seguiría haciendo esto si supiera que la otra persona no se enfadará conmigo por decir que no?”. La respuesta puede revelar si estamos cuidando al otro por un deseo auténtico o si estamos sacrificando nuestro propio bienestar para mantener la relación.
La construcción de relaciones felices no requiere de grandes gestos; a menudo, son los actos sencillos los que留下 huella: recordar una fecha importante, escuchar con atención un problema o percibir que algo no anda bien, incluso cuando se intenta disimular. Los estudios sobre la gratitud en las relaciones demuestran que agradecer los gestos de la pareja y sentir que nuestras necesidades son atendidas, fortalece el vínculo. La especialista recomienda valorar estos pequeños actos cotidianos que, por su frecuencia, a veces pasan desapercibidos: escuchar, acompañar, interesarse por el día del otro o agradecer su ayuda. Sin embargo, hay un aspecto igualmente importante: aprender a dejarse cuidar. Aceptar ayuda no es signo de debilidad o dependencia, sino una oportunidad para que quienes nos aman expresen su afecto. La reciprocidad, en esencia, no es un intercambio exacto, sino la garantía de que ambas partes se sientan valoradas y significativas dentro de la relación.