El presente análisis explora cómo la propuesta de digitalizar por defecto los tickets de compra, impulsada por la Asociación Española de Distribuidores, Autoservicios y Supermercados (ASEDAS), a pesar de sus evidentes ventajas medioambientales y económicas, podría involuntariamente generar o acentuar fenómenos de edadismo y desigualdad social. Basándose en un estudio de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), se destaca que esta medida, si bien busca la eficiencia, amenaza con dejar atrás a un segmento significativo de la población, especialmente a las personas mayores, quienes, a pesar de una creciente adopción de tecnologías, aún enfrentan barreras digitales significativas en el uso de herramientas más complejas. La discusión se centra en el dilema entre la modernización y la inclusión, evaluando las posibles consecuencias de un mundo cada vez más digitalizado para aquellos que no poseen las competencias necesarias.
En el mes de junio de 2026, la Asociación Española de Distribuidores, Autoservicios y Supermercados (ASEDAS) presentó una solicitud al gobierno para modificar la normativa vigente. La propuesta busca que el ticket de compra sea, por defecto, digital, lo que implicaría que los clientes solo recibirían un comprobante físico si lo solicitan específicamente. Esta iniciativa se argumenta bajo la premisa de beneficios ambientales, principalmente la reducción del consumo de papel y los residuos asociados a su impresión.
Sin embargo, la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) ha advertido, a través de un estudio, sobre las posibles repercusiones negativas de esta "digitalización por defecto". La catedrática Mireia Fernández-Ardèvol, investigadora del grupo CNSC, ha señalado que esta medida podría constituir una forma de "violencia estructural", especialmente dirigida hacia las personas mayores, quienes, estadísticamente, presentan una menor tasa de digitalización. Aunque la brecha digital se reduce con el tiempo, actualmente el uso de internet desciende drásticamente a partir de los 75 años, con solo el 49% de las personas entre 75 y 84 años utilizando internet semanalmente, y un escaso 17.7% a partir de los 85 años, según datos del ONTSI de 2025.
Este cambio normativo, que emula la evolución de otros elementos como las libretas bancarias o las tarjetas sanitarias físicas, puede generar en los individuos una sensación de desamparo, incertidumbre y la necesidad de reaprender habilidades básicas para interactuar con servicios esenciales. Daniel López, profesor de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, enfatiza que objetos como la libreta bancaria, aunque simples, actúan como "infraestructuras de confianza", proporcionando autonomía y familiaridad a muchas personas mayores. La substitución de estas herramientas tradicionales por sus equivalentes digitales puede marginar a aquellos que no se adaptan fácilmente a las nuevas tecnologías, creando situaciones de vulnerabilidad y exclusión.
El informe del ONTSI subraya que la baja adopción de servicios digitales complejos entre los mayores representa un claro riesgo de exclusión social. La dependencia digital no deseada puede acarrear graves consecuencias para la privacidad y la autoestima, ya que los documentos personales dejan de ser privados y la autonomía individual se ve comprometida. Además, el diseño actual de los entornos digitales a menudo refleja un "edadismo" inherente, no incorporando las necesidades de las personas mayores de manera adecuada o basándose en estereotipos, lo que perpetúa la exclusión en lugar de fomentar la inclusión digital.
La digitalización, aunque necesaria para el progreso y la sostenibilidad, debe ser implementada con una perspectiva inclusiva que considere las diversas realidades y capacidades de toda la población, garantizando que el avance tecnológico no se traduzca en una nueva forma de desigualdad.
Esta iniciativa, que busca optimizar procesos y reducir el impacto ambiental, nos obliga a reflexionar sobre la importancia de la inclusión digital en un mundo cada vez más tecnológico. Es fundamental que, al implementar nuevas soluciones, se considere el impacto en todos los segmentos de la población, especialmente en aquellos más vulnerables. La verdadera innovación no solo reside en la eficiencia, sino también en la capacidad de asegurar que nadie quede al margen de los beneficios del progreso. Debemos buscar un equilibrio entre la modernización y la accesibilidad, desarrollando estrategias que permitan una transición digital equitativa y respetuosa con las particularidades de cada individuo, promoviendo la formación y el apoyo necesario para garantizar que la tecnología sea una herramienta de unión y no de segregación.