Desde la primera ecografía hasta los eventos cotidianos y los logros de los hijos, muchos padres documentan y publican asiduamente estos momentos en el ámbito digital. Esta práctica, denominada sharenting, no solo expone la privacidad de los menores, sino que también puede acarrear serias implicaciones emocionales y de seguridad. Los niños, al crecer, pueden experimentar baja autoestima, ansiedad y una creciente desconfianza hacia sus cuidadores principales, quienes, sin intención, los exponen a un escrutinio público.
La exposición continua en plataformas digitales afecta la estabilidad emocional de los jóvenes, manifestándose en una menor seguridad personal, miedo al ridículo y una dependencia excesiva de la aprobación externa. Estos efectos son detallados en el informe de Aldeas Infantiles SOS, titulado 'Crecer en el escaparate digital. Claves para prevenir el sharenting o sobreexposición de nuestros hijos', un documento diseñado para informar a familias y educadores sobre los riesgos frecuentemente subestimados de esta práctica.
La psicóloga Mercedes Bermejo, colaboradora en el informe, subraya cómo el sharenting erosiona los lazos afectivos y la empatía dentro de las familias. Destaca que la prioridad otorgada a la vida en línea sobre las interacciones personales genera una falta de consideración hacia los derechos y necesidades de los niños, cuyas experiencias íntimas se ven expuestas sin su consentimiento. Por otro lado, el psiquiatra infantil Luis Miguel Rojo señala que, aunque es un campo de estudio reciente, los especialistas pueden inferir el impacto negativo basándose en los efectos conocidos de la sobreexposición en menores.
El psiquiatra Diego Figueroa explica que el impacto del sharenting varía con la edad del niño. Durante la primera infancia, se crea un archivo digital permanente sin que el menor tenga conciencia o control sobre él. En la etapa escolar (7 a 11 años), puede surgir incomodidad o rechazo, aunque la capacidad de oponerse es limitada. En la adolescencia, la exposición se percibe como una intrusión severa, interfiriendo con la construcción de su identidad y la necesidad de autonomía. Estas situaciones pueden manifestarse indirectamente en consultas clínicas, con síntomas de ansiedad social o problemas de autoimagen.
La búsqueda incesante de la «foto perfecta» para compartir en redes sociales, que a menudo implica múltiples tomas y el uso de filtros, transmite un mensaje erróneo a los niños: la necesidad de ser perfectos para ser aceptados. Esta presión puede generar graves problemas de autoimagen y autoestima, ya que se asocia su valor personal a la cantidad de «me gusta» que reciben. Este fenómeno dificulta la enseñanza a los adolescentes de que la valía reside en el carácter y no en la apariencia física.
La constante publicación de la vida familiar en internet tiene un costo significativo en la dinámica doméstica, disminuyendo el tiempo de calidad y la intimidad. Esto puede afectar la formación de lazos seguros y la comprensión de los límites en el entorno digital. La falta de confianza en los cuidadores y la percepción de un mundo inseguro son riesgos latentes. Además, la presión por mostrar una felicidad ficticia puede enseñar a los niños a reprimir sus emociones negativas, creando una realidad virtual paralela donde solo lo positivo es aceptable. Especialmente perjudicial es la difusión de momentos de vulnerabilidad o sufrimiento, que pueden ser explotados por terceros y generar vergüenza o acoso escolar.
Antes de compartir contenido de menores en redes sociales, es fundamental considerar varias pautas. El psiquiatra Luis Miguel Rojo enfatiza la importancia de obtener el consentimiento del niño desde que aprende a comunicarse, alrededor de los tres años. Fomentar la confianza es crucial, asegurando a los hijos que existen espacios íntimos que no serán expuestos públicamente. Los momentos familiares especiales deben vivirse para disfrutarlos, no para ser documentados. El respeto por la intimidad, incluso en detalles como dibujos o notas personales, es vital para evitar la pérdida de confianza. Evitar la creación de una imagen de felicidad irreal y nunca grabar a los hijos en situaciones de sufrimiento son principios fundamentales para preservar su bienestar emocional y proteger su desarrollo integral en el mundo digital.