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La Influencia Sociocultural en la Salud Mental: Ansiedad y Depresión

08/17 2026

Frecuentemente, al abordar la ansiedad o la depresión, la atención se centra en el ámbito individual: los pensamientos, las emociones y la capacidad de afrontar desafíos. Sin embargo, la salud psicológica no se desarrolla en un vacío. El entorno familiar, las relaciones interpersonales, las condiciones laborales y los desafíos económicos son elementos cruciales que influyen en el surgimiento del sufrimiento. Integrar esta perspectiva permite ir más allá de la pregunta sobre lo que le sucede a un individuo para indagar también qué ocurre en su contexto.

Carlos Murguía, psicoterapeuta especializado en terapia familiar sistémica, profundiza en esta visión al tratar con adolescentes, adultos, parejas y familias. Su enfoque destaca cómo las problemáticas psicológicas están intrínsecamente ligadas a los sistemas familiares, las relaciones de pareja, el ámbito laboral y otros lazos significativos. Posee experiencia en terapia narrativa y en el manejo de ansiedad, depresión, duelo y conflictos familiares, lo que le permite ofrecer una mirada integral sobre el malestar psicológico.

Cuando nos limitamos a explicar la ansiedad y la depresión como meros problemas individuales o desequilibrios internos, pasamos por alto la influencia de experiencias adversas en el hogar, el trabajo o las relaciones de pareja. Estas aproximaciones, a menudo neurocéntricas e individualistas, acaban por culpar a la persona por injusticias de carácter macrosocial y diversas formas de violencia que experimenta. Este tipo de marcos teóricos obvia que un síntoma puede ser una respuesta lógica y legítima a un ambiente perjudicial.

Las clasificaciones psicopatológicas, como el trastorno de ansiedad generalizada o la depresión mayor, pueden inadvertidamente ocultar las circunstancias injustas y abusivas que viven muchas personas. En lugar de ser solo un problema interno, una categoría psicopatológica refleja una problemática social compleja, donde se entrelazan la vida del individuo, su familia, su comunidad, las instituciones y los medios de comunicación. Por ejemplo, en algunos núcleos familiares, el control excesivo, la crítica constante o la invalidación de sentimientos se presentan como formas de afecto o educación, dejando cicatrices emocionales como dificultades afectivas, problemas profesionales, ansiedad y depresión en la vida adulta.

Las experiencias escolares, como la exclusión, la comparación constante o la falta de reconocimiento, tienen un impacto similar al de la familia. Sin embargo, la escuela también puede ser un refugio donde los estudiantes encuentran amistades y educadores que les brindan un apoyo seguro y afectuoso, lo cual puede mitigar los problemas experimentados en casa. En el ámbito laboral, el agotamiento se ha convertido en una constante, y síntomas de ansiedad o depresión son a menudo una reacción directa a la precariedad, la sobrecarga y la falta de control. Las ideologías que exaltan el éxito y el individualismo agravan esta situación, culpabilizando al individuo por fallas sistémicas como crisis económicas o corrupción. La exigencia constante de un rendimiento óptimo y la falta de descanso llevan a un agotamiento físico y mental que los discursos dominantes atribuyen erróneamente a una cuestión meramente individual. Esta individualización y privatización del malestar, como señala Mark Fisher, son tácticas centrales del realismo capitalista, donde todo se subsume bajo la lógica de la productividad y el desempeño económico.

La cultura actual exalta la productividad, la autosuficiencia y la capacidad de "aguantar", influyendo en cómo percibimos y ocultamos el sufrimiento. Numerosos síntomas de ansiedad y depresión son una respuesta directa a condiciones de precariedad, exceso de trabajo y falta de autonomía. La constante presión y las interminables jornadas laborales agotan a las personas, llevándolas a buscar escapes en las redes sociales o los videojuegos, lo que a menudo agrava el cansancio. Es fundamental entender que la depresión y la ansiedad pueden ser expresiones de descontento con las condiciones familiares y sociales.

El riesgo de que conceptos como el autocuidado o la resiliencia terminen exigiendo a la persona que se adapte a entornos que deberían ser transformados es una realidad. Esta es una práctica común impulsada por la cultura del éxito y el individualismo, a la que se suman ideales de belleza inalcanzables promovidos en redes sociales, reflejando cómo el discurso económico ha permeado todos los aspectos de la vida humana. La psicoterapia debe incorporar el contexto social de la persona sin descuidar los factores biológicos, psicológicos y las particularidades individuales. Las injusticias, la violencia y las crisis afectan directamente el bienestar biológico, y aunque la psiquiatría puede abordar esta dimensión con fármacos, estos no corrigen los entornos que generan el sufrimiento. Los psicofármacos pueden perpetuar el malestar si no se abordan las raíces contextuales del problema. El modelo sistémico, en contraste, busca modificar el entorno antes que centrarse exclusivamente en la biología. Aunque la colaboración multidisciplinaria con psiquiatras es valiosa, es crucial reconocer que la alteración de los neurotransmisores no desarrolla habilidades ni transforma los entornos patológicos.

Las diferencias individuales son igualmente importantes, y en varios modelos sistémicos se valora la voz y las perspectivas de los consultantes. Por ejemplo, en el modelo de Bowen, la diferenciación se refiere al proceso en que la persona se desvincula de su familia de origen para vivir acorde a sus propias creencias. En la terapia narrativa, la externalización permite a las personas explorar narrativas dominantes que han opacado sus valores, liberándolas de relaciones de poder internalizadas y abriendo nuevas posibilidades. Cuando el origen del malestar radica en factores familiares, laborales o socioeconómicos que no son fácilmente modificables, los objetivos terapéuticos deben ser realistas. Una perspectiva crítica y narrativa enfatiza que el sufrimiento causado por estas condiciones no debe ser visto como una falla individual. Antes de fijar metas, es crucial comprender cómo las relaciones de poder, los mandatos culturales y las condiciones materiales influyen en el malestar. La terapia no debe limitarse a enseñar a la persona a tolerar o adaptarse a un contexto injusto. El enfoque es evitar que el problema colonice la identidad del individuo, ayudándole a externalizar narrativas opresivas y a reconocer sus propias capacidades y valores, como White y Epston señalaban: el problema es el problema, no la persona, y este está enraizado en un contexto social.

Los objetivos terapéuticos pueden enfocarse en nombrar y desindividualizar el sufrimiento, reduciendo la culpa y la patologización, y reconociendo los efectos de la precariedad, la violencia y la desigualdad. También buscan identificar capacidades y formas de resistencia que han sido eclipsadas. El acompañamiento terapéutico puede incluir el acceso a recursos comunitarios, laborales, legales o institucionales. Si aceptamos que la ansiedad y la depresión tienen raíces sociales, es imperativo que las familias, escuelas, empresas y políticas públicas implementen cambios significativos para prevenirlas. La prevención no se limita a enseñar regulación emocional, sino a intervenir en los contextos que generan inseguridad, sobreexigencia e injusticia. Esto implica transformar los recursos personales y relacionales, así como las condiciones materiales que provocan sufrimiento. El propósito no es crear individuos más resistentes a entornos dañinos, sino construir ambientes más habitables, justos y propicios para el desarrollo de la vida, lo que incluye facilitar el acceso a recursos comunitarios, laborales, legales e institucionales.