Cuando compartimos momentos de juego con nuestros hijos, es común que surjan múltiples interrogantes por parte nuestra. Queremos participar activamente, entender lo que imaginan y, al mismo tiempo, impulsar su desarrollo lingüístico y cognitivo. No obstante, es importante considerar si esta constante interacción, a través de preguntas, está realmente enriqueciendo el juego o, por el contrario, limitando la autonomía y creatividad de los pequeños.
Un estudio publicado en una prestigiosa revista de psicología del desarrollo arrojó luz sobre esta dinámica. La investigación, que involucró a 66 madres y sus bebés de seis meses, evaluó cómo diferentes instrucciones parentales afectaban la interacción durante el juego libre. Se observó que las madres incentivadas a “enseñar” mostraban más conductas intrusivas, como dirigir la atención del bebé o interrumpir su exploración, a diferencia de aquellas a quienes se les pidió “aprender” de sus hijos. Este hallazgo subraya la importancia de la intención del adulto al unirse al juego infantil.
Imaginemos a un niño concentrado en su juego con plastilina, mezclando colores y formas. Si cada acción es seguida por una pregunta como “¿Qué color estás creando?” o “¿Qué vas a construir?”, el juego puede perder su esencia espontánea y convertirse en una especie de “examen”. En lugar de interrogar, una simple observación, como “Veo que estás combinando esos dos tonos”, puede abrir un espacio para que el niño decida si quiere compartir su proceso. Es fundamental recordar que el juego infantil no siempre busca un resultado concreto; a veces, se trata de experimentar, repetir acciones placenteras o simplemente concentrarse.
En los primeros 12 meses de vida, la observación es clave. Responder a sus balbuceos, imitar sus movimientos con objetos o simplemente narrar lo que están viendo (“Eso es una manzana”) son formas efectivas de acompañar sin dirigir. El aprendizaje en esta etapa no requiere actividades elaboradas; incluso la observación de tareas cotidianas o conversaciones adultas contribuye a su desarrollo.
Entre los 1 y 3 años, la imaginación florece. Permitir que el niño guíe la narrativa del juego es esencial. Si convierte una caja en un “autobús”, subirse a su historia sin llenarla de preguntas es más enriquecedor. Ofrecer ayuda solo cuando sea solicitada o evidente, después de darle un margen para que pruebe por sí mismo, potencia su autonomía.
En este rango de edad, las preguntas abiertas que surgen del contexto del juego son muy útiles. Si una torre se cae, preguntar “¿Qué crees que podrías hacer ahora?” fomenta la resolución de problemas. Las observaciones descriptivas (“Veo que has usado las piezas grandes abajo”) también invitan a la comunicación sin presión.
Con niños mayores, el juego adquiere reglas y proyectos más complejos. Es importante seguir brindando espacio para su toma de decisiones. Si está dibujando o construyendo, esperar a que él decida compartir y explicar su trabajo, o permitirle establecer las reglas cuando juegan juntos, fortalece su liderazgo y creatividad.
El objetivo no es eliminar las preguntas, sino transformarlas. En lugar de buscar respuestas concretas, podemos optar por preguntas que impulsen la conversación y el pensamiento creativo, como “¿Qué crees que sucederá después?” o “¿Cómo se te ocurrió eso?”. A veces, un simple comentario observacional es suficiente. Tras una pregunta o comentario, el silencio es un aliado poderoso, permitiendo al niño procesar y decidir su próximo paso sin la necesidad de una guía constante.
La próxima vez que te sientes a jugar con tu hijo, te invitamos a experimentar una nueva dinámica: intenta no dirigir el juego. Observa sus elecciones, lo que repite, lo que capta su interés y lo que decide mostrarte. Responde cuando te hable, ofrece ayuda si la pide, y contesta preguntas genuinas. Intenta resistir el impulso de convertir cada momento en una lección. Al darles espacio, podrás descubrir la profundidad de su mundo y la riqueza de su expresión autónoma.