Aferrarse a lo familiar, incluso cuando ya no es beneficioso, es una tendencia humana común. Sin embargo, como nos invita a reflexionar el célebre escritor argentino Julio Cortázar, la verdadera valentía reside en reconocer cuándo algo ha llegado a su fin para tener la audacia de empezar de nuevo. Esta perspectiva, lejos de ser un acto de desesperanza, se convierte en el motor que impulsa la transformación y la evolución personal. Dejar ir una situación, una relación o incluso una versión de uno mismo, aunque doloroso, abre la puerta a la incertidumbre, pero también a la posibilidad de construir algo diferente y más alineado con nuestras necesidades actuales.
En ocasiones, nos encontramos atrapados en situaciones que sabemos que no funcionan. Ya sea una relación que se desmorona, un empleo insatisfactorio o una ciudad que ya no nos inspira, la resistencia al cambio es una fuerza poderosa. El miedo a lo desconocido a menudo supera el malestar de una realidad familiar, aunque esta sea perjudicial. Es en este punto donde la sabiduría de Cortázar resuena con particular intensidad. Su frase, "Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo", subraya una paradoja fundamental: el reconocimiento del final es, de hecho, el comienzo de nuevas oportunidades.
Julio Cortázar, una figura cumbre de la literatura latinoamericana del siglo XX, nació en Bruselas en 1914 y falleció en París en 1984. Su vasta obra abarcó el cuento, la novela y la experimentación literaria, consolidándolo como uno de los pilares del "boom latinoamericano". Su novela 'Rayuela' (1963) es un claro ejemplo de su genialidad, y es en su capítulo 71 donde encontramos la inspiradora frase que hoy analizamos. Además de 'Rayuela', obras como 'Las armas secretas' (1959), 'Final del juego' (1956) y 'Bestiario' (1951) destacan su capacidad para explorar los límites entre lo cotidiano y lo extraordinario, utilizando la realidad como un lienzo para sus narrativas.
Aceptar una pérdida es un proceso intrínsecamente difícil. Ante una situación que se agota, nuestra primera reacción suele ser intentar repararla, posponer decisiones cruciales o aferrarnos a cómo eran las cosas. La psicóloga Esther Boada, directora de Centre Sukha, señala que este apego a lo familiar se debe a nuestra necesidad inherente de estabilidad y referencias conocidas. Incluso cuando algo ya no nos sirve, la incertidumbre que acompaña a la novedad puede parecer más amenazante. Esta resistencia no solo prolonga el dolor, sino que nos impide avanzar hacia un futuro más prometedor.
Confundir la persistencia con el cuidado es un error común. Hay momentos en los que seguir invirtiendo energía en algo que ya ha caducado es contraproducente. Reconocer y aceptar este cambio nos permite dejar de luchar contra lo inevitable y, en su lugar, concentrarnos en nuestras necesidades emergentes. Este cambio de perspectiva es fundamental para el crecimiento personal, ya que nos libera de las ataduras del pasado y nos empodera para forjar nuevas realidades.
El fin de una etapa importante conlleva un duelo, un proceso que no siempre sigue un camino lineal. Sentir tristeza, ira, miedo o frustración es natural y necesario. Como explica Boada, la valentía de la frase de Cortázar no radica en la desesperanza, sino en la capacidad de enfrentar una realidad que quizás hemos estado evitando. A veces, la mayor audacia no es mantener algo a toda costa, sino aceptar que ha llegado su momento y permitirnos sentir el dolor asociado. No debemos apresurarnos a "pasar página"; el duelo requiere tiempo y es único para cada individuo. Sentir dolor por un final no contradice la sabiduría de saber cuándo es el momento de seguir adelante.
Nuestra tendencia a la permanencia a menudo nos lleva a creer que ciertas circunstancias, como rutinas, personas o identidades, deberían ser eternas. Esta familiaridad puede confundirse con la inmutabilidad. Sin embargo, la vida, al igual que la naturaleza, opera por ciclos. "El día nace y muere, las flores florecen y se marchitan, las estaciones cambian", explica Esther Boada. Nosotros también estamos sujetos a estos ciclos, y comprender esta dinámica nos ayuda a ver los finales no como fracasos, sino como transiciones naturales. Aunque una despedida sea dolorosa, el reconocimiento de los ciclos vitales nos permite reinterpretar estas experiencias, apreciando el valor de lo vivido y abriendo espacio para nuevas fases.
Cuidar lo que nos importa es natural, pero este deseo puede volverse problemático cuando el miedo a la pérdida supera el sentido de mantenerlo. En tales casos, es crucial cuestionarnos si estamos sosteniendo algo por verdadero compromiso o por temor a lo desconocido. Esta introspección, según Boada, nos ayuda a diferenciar entre el apego saludable y el miedo paralizante. No siempre hay una respuesta inmediata, y el tiempo es a menudo necesario para discernir si estamos ante una dificultad pasajera o ante una realidad que ya ha cambiado de forma irreversible. Esta pregunta, no obstante, redirige nuestra atención de la ansiedad a nuestras necesidades y circunstancias actuales, permitiéndonos tomar decisiones conscientes y empoderadoras.
La parte más esperanzadora del mensaje de Cortázar reside en la invitación a "empezar de nuevo". No se trata de quedarse en la pérdida, sino de reconocerla como un trampolín hacia el futuro. La psicóloga Boada enfatiza que la valentía no siempre es perseverar, sino aceptar los finales y comprender que "empezar de nuevo no es volver a cero, sino empezar desde todo lo que ya hemos vivido". Este nuevo comienzo, aunque desafiante por la necesidad de abandonar lo conocido, se construye sobre la experiencia acumulada. Lo que hemos experimentado, incluso los momentos que no salieron como esperábamos, se convierte en un valioso bagaje para la siguiente etapa. Aceptar una pérdida no es el final de una historia, sino el momento de dejar de luchar por lo que ya no existe y comenzar a construir lo que sí es posible.