Con la llegada del verano, no solo cambia nuestra rutina de sueño, sino también nuestra forma de alimentarnos. Las horas de luz se extienden, retrasando el descanso nocturno, y el calor intenso reduce la necesidad de termorregulación del cuerpo, disminuyendo así el requerimiento energético. Esta adaptación fisiológica se traduce en una menor sensación de hambre, priorizando la hidratación para contrarrestar la deshidratación.
La preferencia por platos frescos como ensaladas, gazpachos y frutas es natural en verano. Si bien son alternativas saludables, pueden carecer de los nutrientes vitales que el cuerpo necesita. Como señala la nutricionista Klau Gago, “tener menos hambre no implica que necesitemos menos nutrientes”. Una ensalada aparentemente abundante pero desprovista de proteínas y grasas saludables puede dejar una sensación de insatisfacción y provocar antojos más tarde, aumentando indirectamente la ingesta calórica.
La clave no radica en abandonar estos platos veraniegos, sino en enriquecerlos para asegurar una nutrición completa. Las legumbres, quinoa, huevos cocidos, pescados en conserva o carnes magras son excelentes fuentes de proteína para añadir a las ensaladas. Para las grasas saludables, se pueden incorporar frutos secos, aceite de oliva virgen extra o aguacate, siempre con moderación para controlar las calorías. El gazpacho, rico en vitaminas, debe complementarse con proteínas. En cuanto a la fruta, combinarla con yogur, kéfir o semillas potencia su valor nutricional y prolonga la saciedad.
Es fundamental desterrar la idea de que “comer ligero” equivale a “comer menos” y adoptar un enfoque más consciente. Muchas personas, influenciadas por la cultura de la dieta, cometen el error de reducir drásticamente la ingesta, lo que puede llevar a una deficiencia de nutrientes. El verano es el momento ideal para aprender a crear platos que no solo sean refrescantes, sino que también aporten proteínas, grasas saludables, vitaminas, minerales y la energía necesaria para un funcionamiento óptimo del organismo. La diferencia entre sentirse ligero y quedarse corto reside en la calidad y el equilibrio de cada comida.