La exposición, directa o indirecta, a eventos tan abrumadores que resultan imposibles de procesar, puede desencadenar un trauma psicológico. Así lo describe una guía del Colegio Oficial de Psicología de Castilla-La Mancha, señalando que estos sucesos suelen ser repentinos, inesperados o anormales, generando miedo, impotencia o terror ante una amenaza inminente, sea esta real o percibida. Ante esta definición, surge una pregunta fundamental: ¿es posible que esta condición se transmita a la descendencia?
Una profesora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) ha profundizado en esta cuestión, destacando también el impacto de la Inteligencia Artificial (IA) y la omnipresencia de las redes sociales en la forma en que el trauma se manifiesta y se experimenta en la actualidad. La era digital introduce nuevas complejidades, donde la IA y las tecnologías emergentes pueden propiciar una 'revictimización'. La exposición, intensidad y repetición de un evento, junto con la vulnerabilidad individual, determinan la experiencia del trauma, pero la problemática se amplifica en la actualidad. Imágenes alteradas, 'deepfakes' o contenidos humillantes, pueden convertirse en fuentes de daño psicológico. Un ejemplo palpable de esta 'traumatización secundaria' se observó tras los atentados de las Ramblas de Barcelona en 2017, donde no solo los directamente afectados, sino también quienes estuvieron expuestos a la cobertura mediática, necesitaron apoyo psicológico. La repetición de imágenes puede inducir estrés agudo y, en algunos casos, derivar en síntomas postraumáticos, afectando especialmente a profesionales expuestos constantemente al sufrimiento ajeno, como sanitarios, periodistas y moderadores de internet.
No todas las personas que experimentan un evento estresante desarrollan un trauma, según la guía del Colegio de Psicología de Castilla-La Mancha. La probabilidad aumenta en aquellos que perciben no tener las herramientas suficientes para afrontarlo, ya que el verdadero problema radica en cómo el recuerdo del suceso queda registrado y almacenado, más que en el evento en sí. El trauma emerge cuando los efectos de un estímulo superan la capacidad de la persona para superarlo, generando sintomatología persistente que afecta diversas áreas de la vida. La experta de la UOC distingue entre trauma individual, que afecta a una persona tras una situación extrema, y trauma social, que impacta a grupos amplios o naciones enteras. En el caso del trauma individual, las generaciones futuras no heredan la enfermedad en sí, sino una mayor vulnerabilidad o predisposición a reaccionar de forma traumática ante ciertos acontecimientos. Por otro lado, el trauma social, que implica cambios en el ámbito colectivo, tiene una mayor probabilidad de transmitirse de generación en generación, ya que toda la población ha vivido un mismo hecho traumático que ha modificado sus patrones de comportamiento, transmitiendo una forma colectiva de recordar, silenciar o interpretar el conflicto. La epigenética, que estudia cómo el entorno y las experiencias modifican la expresión génica sin alterar el ADN, ofrece una explicación a esta transmisión. Un trauma no modifica el ADN, pero puede influir en los mecanismos de expresión de los genes, particularmente aquellos ligados al estrés. Investigaciones con animales han sugerido la transmisión de efectos traumáticos a lo largo de varias generaciones, aunque en humanos la complejidad es mayor. La amígdala cerebral, un centro clave en la detección de amenazas, puede alterarse por el trauma, haciendo que una persona sea más sensible a estímulos amenazantes. Es crucial considerar que la transmisión no siempre es biológica; si el trauma ocurre antes de la reproducción y no se trata, podría haber efectos biológicos o epigenéticos en la descendencia. Si ocurre después, lo que se transmite es más bien conductual: miedo, evitación o respuestas aprendidas. Es importante recordar que dos personas pueden vivir el mismo evento y no desarrollar el mismo daño psicológico, ya que influyen factores como la historia previa, el entorno, las estrategias de afrontamiento y el apoyo social. Conocer esta susceptibilidad puede ser una herramienta para la prevención, fomentando el autocuidado, el refuerzo de las redes de apoyo y la búsqueda de ayuda profesional antes de que una respuesta traumática se cronifique.
Es fundamental comprender que, si bien el trauma en sí no se hereda directamente, sí se puede transmitir una mayor predisposición a desarrollar un trastorno de estrés postraumático a las generaciones venideras. Las respuestas que en un principio son adaptativas, como los esfuerzos del cerebro para integrar un suceso anormal, pueden volverse desadaptativas y disfuncionales si persisten en el tiempo. La buena noticia es que el trauma individual es una condición tratable. Buscar la ayuda de un profesional especializado en terapia puede reducir significativamente el impacto del estrés postraumático, abriendo el camino hacia la recuperación y una mejor calidad de vida.