La prevalencia del cáncer entre la población adulta menor de cincuenta años ha crecido de manera significativa a nivel global en las últimas décadas, transformándose en un desafío sanitario «real, específico y diverso». Esta tendencia ascendente, que genera inquietud entre la comunidad científica, se atribuye principalmente a la influencia de elementos ambientales. Es fundamental cuantificar con precisión la magnitud de este incremento, implementar estrategias de prevención efectivas y dedicar más recursos a la investigación para comprender y mitigar sus causas. La urgencia de abordar este fenómeno radica en su impacto creciente en un segmento de la población que tradicionalmente no se consideraba de alto riesgo para la enfermedad oncológica.
Expertos reunidos en un foro del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), con motivo del Día Mundial de la Investigación del Cáncer, destacaron la alarmante estadística del último informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este documento revela un incremento del 79.1 por ciento en la incidencia de cáncer en personas menores de 50 años entre 1990 y 2019, abarcando datos de 63 países. La doctora Núria Malats, jefa del Grupo de Epidemiología Genética y Molecular del CNIO, expresó su asombro y preocupación ante estas cifras, señalando la complejidad del problema. Es crucial entender que este aumento no es uniforme; varía según el tipo de tumor, la geografía, la edad y el género del individuo.
Los tipos de cáncer que han mostrado un crecimiento más pronunciado en esta franja etaria incluyen el colorrectal, de mama, de endometrio, renal, de tiroides y de páncreas. La doctora Malats enfatizó que este aumento no puede explicarse únicamente por mejoras en los métodos diagnósticos, sino que se vincula fuertemente a la exposición a factores ambientales. Estas influencias pueden manifestarse incluso desde la etapa gestacional y a lo largo de la vida, interactuando de forma dinámica con la predisposición genética de cada persona. Entre los elementos de riesgo identificados se encuentran el sedentarismo, el consumo de alcohol y tabaco, dietas deficientes en fibra, desequilibrios metabólicos, la diabetes, la presencia de micro y macro plásticos, la radiación ultravioleta y los disruptores endocrinos.
Para contrarrestar esta tendencia, Malats hizo un llamado a la acción, destacando que muchas medidas preventivas están al alcance de todos. Recomienda la vacunación contra el virus del papiloma humano y la hepatitis B, la adopción de estilos de vida saludables, el conocimiento del historial médico familiar y la consulta médica ante síntomas inusuales, especialmente en individuos jóvenes. La sensibilización y educación pública sobre estos temas son pilares fundamentales. Además, propuso la creación de un registro nacional de cáncer exhaustivo, reducir los tiempos de diagnóstico, investigar el impacto de las exposiciones ambientales desde la niñez y eliminar las desigualdades en la prevención y el tratamiento.
María José Sánchez, de la Consejería de Presidencia, Sanidad y Emergencias de la Junta de Andalucía, aportó datos específicos: entre 1993 y 2018, de los 1.2 millones de diagnósticos de cáncer en España, 153.573 correspondieron a menores de 50 años, lo que representa el 12% del total. Esta estadística subraya la magnitud de la problemática de salud pública que exige un análisis detallado de la incidencia y los riesgos en diferentes grupos demográficos. En mujeres jóvenes, los cánceres más comunes fueron de mama, tiroides, cuello uterino, melanoma y ovario, mientras que en hombres destacaron los de pulmón, faringe, testículo, linfomas no Hodgkin y vejiga. La comunidad científica y las autoridades sanitarias enfrentan el desafío de monitorear la incidencia, descifrar las exposiciones en las nuevas generaciones y optimizar las estrategias de prevención.
Finalmente, Marcos Díaz-Gay, jefe de Genómica Digital del CNIO, explicó que las diversas exposiciones a factores externos como la alimentación, la polución, el sobrepeso y el tabaquismo, dejan una marca detectable en el genoma humano. El estudio de estas huellas genéticas ofrece una vía prometedora para identificar nuevos factores de riesgo que contribuyen al desarrollo del cáncer. Esta línea de investigación es fundamental para desentrañar los mecanismos moleculares subyacentes y, en última instancia, desarrollar intervenciones más precisas y personalizadas en la lucha contra la enfermedad. Reconocer la profunda interacción entre el entorno y nuestro código genético es vital para una comprensión holística y una prevención efectiva del cáncer.