La discriminación por edad puede propiciar un sentimiento de aislamiento en la población de mayor edad, deteriorando su autopercepción, según las conclusiones del informe 'Conexión entre la discriminación por edad y la soledad'. Este estudio fue elaborado por la Fundación Grandes Amigos en colaboración con el equipo de investigación del Matia Instituto y expertos en concienciación sobre el tema. Una de las principales revelaciones de la investigación es el papel crucial de la discriminación por edad en la soledad no buscada, funcionando como un proceso de retroalimentación.
Por un lado, la sociedad, sus estructuras y el entorno cercano excluyen y limitan las oportunidades de participación social de las personas mayores, basándose en estereotipos edadistas. Se les percibe como menos interesantes, homogéneos, frágiles, vulnerables o poco fiables, lo que reduce su involucramiento. Por otro lado, los propios individuos mayores, como mecanismo de autodefensa ante esta exclusión, optan por el autoaislamiento social, influenciados por la creencia de que a su edad ya no hay un proyecto vital significativo ni espacio para nuevas ilusiones o propósitos. Alfonso Casana, director de Investigación de Grandes Amigos y coordinador del proyecto, enfatizó durante la presentación del estudio que las actitudes edadistas actúan como un caldo de cultivo para la soledad y el malestar. En ausencia de una red de apoyo, estas actitudes agravan la indefensión y vulnerabilidad de las personas mayores, ya que la soledad no solo es una consecuencia del edadismo, sino también un potenciador de esta discriminación al privar a las víctimas de vínculos de confianza.
El estudio 'Vinculación entre el edadismo y la soledad' subraya que la discriminación por edad afecta en tres niveles: estructural, a través de la organización de servicios y normas sociales que limitan la autonomía; relacional, mediante la infantilización o invisibilización en interacciones cotidianas que generan incomodidad y retraimiento; y subjetivo, donde la persona mayor internaliza los prejuicios, limitando sus expectativas y autoexcluyéndose. Además, el género influye en la experiencia del envejecimiento, con mujeres que a menudo sacrifican sus proyectos vitales por el cuidado de otros y hombres que pierden estatus social tras la jubilación. La presión por mantener una apariencia joven, la asociación de la vejez con la muerte y los prejuicios edadistas limitan la participación social y comunitaria, generando barreras materiales y simbólicas.
La exclusión y la autoexclusión se refuerzan mutuamente en un ciclo donde la falta de oportunidades externas y la reducción de expectativas internas se combinan. Sin embargo, las personas mayores desarrollan estrategias de afrontamiento y resiliencia, adaptándose y buscando nuevas formas de reconstruir sus vínculos y sentido vital. Para contrarrestar esto, es fundamental sensibilizar y fomentar una conciencia crítica, lo que permite a las personas identificar la discriminación y adoptar respuestas más proactivas. Reforzar los lazos comunitarios y crear espacios seguros de encuentro, además de reconocer la diversidad y el valor de las personas mayores, son pasos cruciales. Educar desde la infancia para desmantelar estereotipos y promover una visión positiva del envejecimiento, junto con la provisión de más recursos comunitarios, son medidas esenciales. El edadismo y la soledad deben abordarse como problemas estructurales que requieren cambios sociales, políticos y culturales profundos.