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La actividad física y su efecto protector en la salud cerebral durante el envejecimiento

07/06 2026

El ejercicio físico representa una de las estrategias más efectivas para salvaguardar la salud del cerebro a medida que envejecemos. No obstante, la evidencia científica actual subraya que la clave no reside únicamente en la actividad en sí, sino en la especificidad de esta: su periodicidad, la energía invertida, el tiempo dedicado semanalmente y la modalidad del entrenamiento, todos son factores que inciden directamente en su beneficio cognitivo.

Existe una profunda interconexión entre el movimiento muscular y el bienestar cerebral. Durante la actividad física, los músculos liberan sustancias químicas, conocidas como miocinas, destacando el lactato. Esta molécula viaja por el torrente sanguíneo hasta el cerebro, donde opera como un catalizador, estimulando la generación de la proteína BDNF. Esta proteína es fundamental para la reparación neuronal y la formación de nuevas conexiones sinápticas, procesos vitales para el aprendizaje y el mantenimiento de la agilidad mental. En este contexto, Marta Arbizu Gómez, investigadora en NeuronUP, plataforma dedicada a la evaluación y estimulación cognitiva, enfatiza que ante el incremento de enfermedades como el Alzheimer y el envejecimiento poblacional, la prevención se torna una prioridad. La inactividad física, de hecho, se identifica como uno de los factores de riesgo modificables más relevantes para el deterioro cognitivo. El modelo FITT (Frecuencia, Intensidad, Tiempo y Tipo) ofrece un marco para estructurar rutinas de ejercicio adaptadas a la salud cerebral.

La implementación del modelo FITT sugiere pautas claras: cualquier nivel de actividad supera al sedentarismo, y no hay un umbral mínimo estricto para percibir beneficios cognitivos. Arbizu recalca la importancia de establecer el hábito de moverse para sostener estos efectos positivos. Respecto a la intensidad, esta debe ser suficiente para activar la conexión músculo-cerebro, lo que se traduce en procesos como el aumento del BDNF y una mejora del flujo sanguíneo cerebral, ambos cruciales para la función cognitiva. Una técnica sencilla para medir la intensidad es el 'talk test', que evalúa la capacidad de hablar durante el ejercicio. Para obtener cambios cognitivos significativos, la ciencia indica rangos específicos: entre 70 y 140 minutos de ejercicio moderado o de 35 a 75 minutos de actividad vigorosa semanalmente. Finalmente, la combinación de ejercicio aeróbico (como caminar o nadar), entrenamiento de fuerza y actividades de coordinación y equilibrio (bailar, pilates) se muestra más efectiva, ya que cada tipo estimula mecanismos diferentes, ofreciendo un abordaje integral para la salud cerebral. El ejercicio aeróbico promueve la supervivencia neuronal y mejora el flujo sanguíneo, el entrenamiento de fuerza optimiza la comunicación neuronal, y las actividades de coordinación desafían al cerebro, fomentando nuevas conexiones y reduciendo el estrés.

En resumen, la actividad física es mucho más que un beneficio para el cuerpo; es un potente escudo para nuestra mente y nuestra capacidad de recordar. Incorporar el movimiento a nuestra vida cotidiana es una inversión directa en una vejez con mayor lucidez y bienestar, una fuente de vitalidad que se traduce en una vida plena y activa.