Las emociones constituyen un sistema esencial de orientación y respuesta en la vida humana. Funcionan como brújulas internas que evalúan lo que sucede a nuestro alrededor, preparando al organismo para actuar, influenciando nuestras elecciones y transmitiendo a los demás nuestro estado anímico. Incluso aquellas que consideramos negativas, como el temor, la ira o la aflicción, ofrecen valiosa información sobre nuestras necesidades y aquello que realmente nos importa.
Imaginemos una situación común: caminamos distraídos con el teléfono y, de repente, suena un claxon. Antes de procesar conscientemente la presencia de un vehículo, nuestro cuerpo ya ha reaccionado: hemos retrocedido, el corazón late acelerado y los ojos se han abierto de par en par. No hubo una decisión consciente; el miedo se anticipó a la razón. Este escenario cotidiano ilustra una verdad fundamental en la psicología de las emociones: lejos de ser meras interferencias en el pensamiento, son herramientas ancestrales y poderosas que nos permiten navegar y comprender el mundo.
Las emociones desempeñan un papel crucial al ayudarnos a identificar lo que es significativo para nosotros, alistando nuestro cuerpo para la acción y expresando nuestros sentimientos a los demás. Según la Asociación Americana de Psicología, una emoción se define como una compleja manifestación de reacciones que abarcan la experiencia subjetiva, el comportamiento y la fisiología, mediante las cuales una persona aborda situaciones o eventos que considera relevantes.
Los estudios en este campo suelen clasificar las funciones de las emociones en tres categorías principales:
La noción de que las emociones son parte integral de la toma de decisiones encuentra un precursor notable en el neurocientífico Antonio Damasio. En su obra "El error de Descartes" (1994), describió casos de individuos con lesiones cerebrales que afectaban el procesamiento emocional, quienes, a pesar de mantener intacta su capacidad intelectual, enfrentaban enormes desafíos para tomar decisiones en su vida diaria. Su teoría de los "marcadores somáticos", aunque sigue siendo objeto de debate, fue fundamental para desmantelar la antigua dicotomía entre razón y emoción, reconociendo su interconexión.
Cada emoción básica se asocia con una función específica: el miedo nos insta a protegernos de peligros; la ira nos impulsa a superar obstáculos; la tristeza nos ayuda a procesar pérdidas; la alegría nos acerca a lo que nos beneficia; el asco nos aleja de sustancias nocivas; y la sorpresa redirige nuestra atención hacia lo inesperado. Esta clasificación, que incluye seis emociones, se basa en gran medida en las investigaciones de Paul Ekman, quien postuló la existencia de emociones universales con expresiones faciales reconocibles en diversas culturas. A continuación, exploraremos lo que se sabe de cada una:
Las emociones que consideramos desagradables son, en realidad, valiosas señales que nos alertan sobre aspectos que requieren nuestra atención: un peligro, un límite superado, una pérdida o una necesidad insatisfecha. Es crucial comprender que una emoción no es "negativa" solo por ser desagradable, ni implica que deba ser eliminada.
Durante la creación de la película "Intensa-Mente" ("Del revés" en España), Pixar consultó a los psicólogos Dacher Keltner y Paul Ekman. En un artículo de 2015 para The New York Times, ambos resaltaron un acierto fundamental de la película, a menudo pasado por alto: la tristeza facilita el reconocimiento de lo que se ha perdido y motiva la búsqueda de apoyo en nuestro entorno.
La investigación de laboratorio corrobora esta perspectiva. El psicólogo Joseph Forgas, en una revisión de 2013 en Current Directions in Psychological Science, analizó varios experimentos que asociaban un estado de ánimo ligeramente melancólico con juicios más prudentes, una mejor retención de detalles y menos sesgos en ciertas tareas. Esto no implica que la tristeza sea beneficiosa en sí misma, sino que cada emoción parece favorecer una forma particular de procesar la información.
Algo similar acontece en nuestra vida diaria. La ansiedad previa a un examen puede motivarnos a estudiar; la culpa puede impulsarnos a reparar un daño; la envidia, a reconocer un deseo. El verdadero problema no reside en la emoción per se, sino en su intensidad, su duración o la manera en que la manejamos.
Es importante destacar que sentir una emoción no nos obliga a actuar de una manera predeterminada. Las emociones generan una propensión a la acción, pero no dictan nuestras decisiones. Existe un espacio crucial entre la emoción sentida y la acción ejecutada, un margen donde podemos elegir cómo responder a lo que experimentamos.
El psicólogo Nico Frijda, en su obra "The Emotions" (1986), describió las emociones como "tendencias a la acción": el miedo nos impulsa a alejarnos, la ira a confrontar y la alegría a acercarnos. Sin embargo, una tendencia no es una orden ineludible. Sentir enfado hacia un compañero de trabajo no nos obliga a gritarle; en cambio, puede ser una señal para expresar un desacuerdo de forma tranquila en otro momento.
Este espacio de elección es lo que en psicología se conoce como regulación emocional. El investigador James Gross, de la Universidad de Stanford, ha estudiado diversas estrategias para manejar las emociones. En un estudio de 2003 con Oliver John, publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, se observó que las personas que tendían a reinterpretar las situaciones reportaban un mayor bienestar que aquellas que solían suprimir la expresión de sus sentimientos. Es importante señalar que se trata de una asociación, y el estudio no concluye una relación causal directa.
En la práctica, estas estrategias pueden ser de gran ayuda:
La cultura ejerce una influencia significativa en la forma en que experimentamos y expresamos nuestras emociones. Determina cuáles emociones son valoradas, así como los contextos y modos apropiados para manifestarlas y, para algunos investigadores, incluso la propia vivencia de las mismas. Paul Ekman y Wallace Friesen se refirieron a estas normas sociales como "reglas de expresión", las cuales dictan qué emociones son adecuadas mostrar en cada situación.
Un estudio de 2006, realizado por la psicóloga Jeanne Tsai, de Stanford, junto a Brian Knutson y Helene Fung, reveló que personas de distintas culturas valoran emociones diferentes: los participantes estadounidenses otorgaban mayor importancia a estados positivos intensos, como la euforia, mientras que los de Hong Kong valoraban más los estados positivos de calma, como la serenidad.
La psicóloga Batja Mesquita profundiza en esta idea en su libro "Between Us" (2022), donde argumenta que las emociones no solo surgen dentro de cada individuo, sino que también se construyen en las interacciones entre personas, aprendiéndose y moldeándose en el contexto de las relaciones y de cada cultura específica.
Aunque los modelos de emociones universales han tenido una gran repercusión, la investigación contemporánea sugiere que el reconocimiento de las emociones faciales no es tan global como se pensaba. Actualmente, se debate tanto el número exacto de emociones básicas como la idea de que cada una tenga una manifestación facial inmutable.
En la década de 1970, Ekman y Friesen observaron que miembros del pueblo Fore, en Papúa Nueva Guinea, identificaban diversas expresiones emocionales de manera similar a las personas occidentales, un hallazgo clave para la teoría de las emociones universales. Sin embargo, estudios posteriores han matizado esta conclusión. En 2012, un equipo de la Universidad de Glasgow, liderado por Rachael Jack, publicó en PNAS que observadores de Asia oriental y Occidente interpretaban de forma diferente algunas expresiones emocionales. Posteriormente, en 2014, el equipo de Maria Gendron encontró en la revista Emotion que los participantes Himba, en Namibia, no clasificaban las caras según las categorías emocionales occidentales.
La revisión más exhaustiva sobre este tema fue publicada en 2019 por Lisa Feldman Barrett y otros cuatro investigadores en Psychological Science in the Public Interest. Concluyeron que las personas no siempre muestran la misma expresión cuando sienten una emoción, y que una misma expresión puede adquirir significados distintos según el contexto. Barrett, con su teoría de la emoción construida, postula que el cerebro elabora las emociones a partir de las sensaciones corporales, la experiencia previa y los conceptos culturales.
Tampoco existe un consenso sobre cuántas emociones básicas existen. Algunos modelos proponen seis, otros ocho, como la rueda de las emociones de Robert Plutchik, y algunos incluso sugieren un número menor. A pesar de estas discusiones sobre la cantidad o la expresión de las emociones, hay un amplio acuerdo en su rol fundamental: nos guían, nos preparan y nos conectan con los demás.
Es aconsejable buscar ayuda profesional cuando una emoción es tan intensa o persistente que impacta negativamente en la vida diaria: si dificulta el sueño, la concentración, el trabajo o las relaciones, o si se siente una constante sensación de desborde. Solicitar apoyo no implica que las emociones sean intrínsecamente erróneas, sino que se necesita un espacio para comprender su mensaje profundo.
Un psicólogo puede ofrecer orientación personalizada para gestionar los sentimientos y restablecer las rutinas habituales. Si en algún momento se siente que la situación es insostenible o surgen pensamientos de autolesión, es vital buscar ayuda de emergencia en los servicios de atención indicados para España, México o Colombia.