Jorge Luis Borges, una de las mentes más brillantes de la literatura hispana del siglo XX, nos legó una frase que invita a la introspección profunda: "El peor error que uno puede cometer es no haber alcanzado la felicidad". Esta contundente afirmación ha resonado a través del tiempo, provocando que nos cuestionemos el verdadero significado de la alegría en nuestras vidas. En un análisis perspicaz, la psicóloga Ana Galán desvela que estas palabras del escritor no deben tomarse de forma literal, sino como una invitación a la reflexión sobre cómo construimos nuestra existencia. No se trata de eliminar toda forma de tristeza o dolor, sino de forjar un camino lleno de propósito y autenticidad, superando los miedos y las presiones externas. La especialista enfatiza que el verdadero pecado reside en la resignación, en la inercia de una vida sin significado, y subraya que nunca es tarde para transformar nuestro rumbo y priorizar el bienestar personal.
El 2 de agosto de 2026, la psicóloga Ana Galán arrojó luz sobre una de las frases más célebres de Jorge Luis Borges, el célebre escritor argentino y Premio Cervantes: "He cometido el peor pecado que uno puede cometer: no he sido feliz". Este enigma existencial de Borges, nacido en 1899 y fallecido en 1986, sigue provocando debate sobre la búsqueda de la plenitud. Galán argumenta que la afirmación de Borges trasciende la mera ausencia de gozo, pues la felicidad, según la experta, no implica una vida exenta de melancolía, temor o sufrimiento. Más bien, se refiere a la capacidad de vivir con un propósito, disfrutando de cada instante y manteniéndose fiel a uno mismo. El verdadero error, insiste la psicóloga, no es el sufrimiento inherente a la vida, sino la resignación a no esforzarse por construir una vida que valga la pena ser vivida.
Muchas personas se encuentran atrapadas en un ciclo de complacencia, persiguiendo metas impuestas por la sociedad, comparándose con otros, o esperando que la felicidad surja solo cuando todos los problemas desaparezcan. Sin embargo, esta mentalidad a menudo conduce a un vacío existencial, pues el gozo no es una recompensa al final del camino, sino una construcción constante que se gesta en los momentos más simples del día a día: una charla significativa, un paseo tranquilo o una comida compartida. La tendencia humana a vivir en un estado de alerta constante, enfocados en objetivos futuros, nos impide saborear el presente, llevando a una idealización del pasado. Sin embargo, Galán recalca que nunca es tarde para iniciar un cambio. Culparse por el pasado solo perpetúa el dolor; la verdadera liberación radica en la comprensión y en la decisión de forjar un presente diferente. En lugar de lamentarse por cómo se ha vivido, el verdadero camino hacia el bienestar comienza al preguntarse cómo se desea vivir de ahora en adelante.
Desde la perspectiva psicológica, el mayor bienestar suele encontrarse cuando las personas abandonan la inercia y toman las riendas de su vida. Los grandes cambios no siempre requieren gestos drásticos, sino pequeños pasos: establecer límites, retomar aficiones, cuidar las relaciones que nos nutren o dedicar tiempo a uno mismo sin sentir culpa. La trampa más peligrosa, según Galán, es posponer la felicidad para un futuro hipotético: la jubilación, la independencia de los hijos o la estabilidad económica. Este aplazamiento constante solo genera nuevos miedos, y el pasado, en su forma de arrepentimiento, roba también el presente. La psicóloga compara este proceso con un barco que, para cambiar de rumbo, solo necesita un leve movimiento de timón. A pesar de que los pequeños ajustes diarios no parezcan significativos en el momento, con el tiempo, conducen a un destino completamente distinto y, en última instancia, a una vida más plena y auténtica.