Hay instantes vitales que nos parecen sacados de una película, momentos tan perfectos que desearíamos que el tiempo se detuviera. Sin embargo, la realidad nos muestra que la vida sigue su curso implacable. En este sentido, la célebre declaración del director de cine Orson Welles, que postula que la consecución de un "final feliz" está intrínsecamente ligada al punto en el que decidimos concluir nuestro relato personal, adquiere una relevancia inusitada. Esta perspectiva cinematográfica, aplicada a la esfera psicológica, nos ofrece una reveladora comprensión sobre la mutabilidad y la interpretación de nuestras experiencias.
A diferencia de las narrativas cinematográficas, que cuentan con un desenlace preestablecido, nuestra existencia se caracteriza por una sucesión ininterrumpida de periodos. Estos periodos se transforman, evolucionan y, en ocasiones, nos exigen un reinicio. Lo que hoy se percibe como una conclusión definitiva, mañana puede adquirir un significado completamente distinto. Como bien señala la psicóloga Esther Boada, "La vida es un ciclo incesante". Transitamos por fases de estabilidad, desarrollo y dicha, pero también por momentos de incertidumbre, pérdidas, mutaciones y reconstrucciones. Si nos detuviéramos en determinados pasajes de nuestra biografía, encontraríamos esa instantánea que equiparamos con un "final idílico", como ocurre durante el enamoramiento. En ese instante, podríamos imaginar los créditos finales. No obstante, la vida persevera en su devenir.
Esta noción es especialmente perspicaz, ya que nos permite diferenciar dos conceptos que con frecuencia se confunden: la finalización de una etapa y el fracaso de la misma. Que tras un episodio de plenitud surja una dificultad no anula el valor de lo precedente, ni convierte automáticamente ese periodo en algo de menor importancia. Más bien, como aclara la especialista, "significa que la vida sencillamente prosigue".
El desafío surge cuando consideramos una circunstancia particular como un desenlace irrevocable. Una ruptura sentimental, un despido laboral, un proyecto fallido o un periodo de melancolía pueden inducirnos a creer que conocemos el rumbo de nuestro futuro. Esta conclusión es comprensible en medio de la adversidad, pero no siempre es acertada. La experta enfatiza que "el inconveniente se presenta cuando transformamos un momento específico en una sentencia definitiva y asumimos que hemos fracasado, que no volveremos a experimentar esa sensación o que todo se ha malogrado. En ese momento, estamos poniendo un punto y final, cuando quizás simplemente estamos transitando por otro capítulo", explica Esther Boada. Observar la vida con una cierta distancia no implica restar importancia a lo que nos aflige. Significa, por el contrario, impedir que el presente se erija en un veredicto sobre nuestro porvenir. Una época complicada puede ser meramente una fase desafortunada, no necesariamente una vida desdichada.
La reflexión de Orson Welles ofrece, además, una segunda interpretación. Si todo es cambiante, las etapas que hoy consideramos maravillosas también mutarán. Pero esta verdad no debe llevarnos a vivir los momentos felices con el temor de que se acaben. Al contrario. Aceptar la naturaleza efímera de las circunstancias puede ayudarnos a gozarlas con mayor plenitud. En este sentido, para la psicóloga, integrar esta dinámica de cambio es vital: "El equilibrio psicológico también implica la capacidad de contemplar nuestra historia con perspectiva. No transformar un mal momento en una vida infeliz, pero tampoco exigir que los instantes de dicha permanezcan inalterables. Se trata de disfrutarlos mientras duren, de aceptar que los periodos se suceden y de desarrollar la flexibilidad necesaria para adaptarnos a lo venidero".
Esta capacidad de adaptación es crucial, ya que no tenemos control sobre todos los eventos que jalonan nuestra trayectoria. Sin embargo, sí podemos influir en cómo los interpretamos y cómo los encaramos. Desde esta óptica, la felicidad no se presenta como una imagen estática, sino como una experiencia que emerge en distintos momentos y adopta diversas configuraciones. Tal vez la afirmación de Orson Welles encierre una verdad aún más profunda: que un final dichoso no implica que, a partir de un instante determinado, todo resultará perfecto para siempre. Como subraya la especialista en bienestar mental, "quizás no se trate de alcanzar una vida donde todo termine bien y permanezca así eternamente. Tal vez tenga más que ver con entender que ningún capítulo, ni el favorable ni el adverso, narra por sí solo la totalidad de nuestra historia, y que la belleza de la existencia, paradójicamente, también reside en esos momentos que no son de nuestro agrado". Es en este punto donde la frase adquiere una dimensión profundamente humana, pues vivir no consiste en erradicar todo aquello que nos incomoda, sino en aprender a transitar también por esos pasajes del relato que no habríamos escogido.
La psicóloga lo sintetiza centrándose en una idea clave: "La salud mental no consiste en lograr que nuestra historia solo contenga capítulos felices, sino en aprender a experimentar una diversidad de situaciones y emociones en nuestra vida, que siempre está en constante transformación". Es posible, entonces, que la clave no radique tanto en buscar el final ideal como en no apresurarnos a cerrar el telón. Porque aquello que hoy parece el desenlace de un relato puede ser, simplemente, la conclusión de un capítulo. Y, mientras la narrativa prosiga, siempre existe la posibilidad de que aparezca una escena que aún no habíamos imaginad