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Escoliosis: Detección Temprana y Manejo de una Afección Común de la Columna

06/25 2026

La escoliosis, una alteración tridimensional compleja de la columna vertebral que se manifiesta como una curvatura y rotación, afecta a aproximadamente 1.5 millones de personas en España. Esta condición, que va más allá de un simple problema estético, se caracteriza por una silueta en 'S' y, en ocasiones, una protuberancia dorsal conocida como giba. Su detección temprana y manejo adecuado son fundamentales para influir positivamente en su evolución.

Aunque la escoliosis puede tener orígenes diversos, como factores congénitos, neurológicos o neuromusculares, y también manifestarse en la adultez de forma degenerativa, un porcentaje significativo de casos carece de una causa identificable, siendo clasificada como escoliosis idiopática. El Dr. Víctor Castillo, especialista en Traumatología y Cirugía Ortopédica del Hospital Quirónsalud Murcia, señala que, si bien existen componentes genéticos que pueden influir, la alteración no se considera totalmente hereditaria. La mayoría de los diagnósticos ocurren durante el rápido crecimiento puberal, con una mayor incidencia en niñas y adolescentes.

Los momentos cruciales para el desarrollo y progresión de la escoliosis coinciden con los cambios corporales significativos, particularmente la menarquia en las jóvenes, que marca el inicio de un periodo de crecimiento de 18 a 24 meses. Además de los indicadores corporales, los especialistas utilizan marcadores radiológicos, como los grados de Risser en las radiografías pélvicas, para evaluar la madurez esquelética y el potencial de crecimiento. Un Risser 0 indica inmadurez esquelética y un alto potencial de crecimiento, mientras que un Risser V significa que el crecimiento óseo ha finalizado y los huesos están maduros. Es crucial destacar que la progresión de la curvatura escoliótica usualmente se detiene una vez que el crecimiento concluye, lo que resalta la importancia de la detección oportuna. Un diagnóstico precoz puede determinar la diferencia entre un monitoreo simple y la necesidad de intervenciones más complejas.

La escoliosis, en su mayoría, no provoca dolor ni síntomas perceptibles, siendo frecuentemente descubierta durante los chequeos pediátricos rutinarios. Para confirmar la presencia de escoliosis, se realiza una radiografía que permite calcular el ángulo de Cobb, un indicador esencial de la magnitud de la curvatura vertebral. Este parámetro guía las decisiones clínicas, especialmente durante la pubertad, cuando las curvas escolióticas tienden a progresar más rápidamente, requiriendo un seguimiento más riguroso.

Una vez diagnosticada la escoliosis idiopática, no existen contraindicaciones significativas para la actividad física en la mayoría de los casos. De hecho, se aconseja el ejercicio para mejorar la condición física general, el control postural y el bienestar del paciente. La evidencia actual sugiere que la práctica deportiva no agrava la escoliosis; por el contrario, se promueve un estilo de vida activo adaptado a cada individuo. Aunque la natación ha sido tradicionalmente recomendada por sus beneficios en el fortalecimiento muscular y la flexibilidad, el Dr. Castillo aclara que no ha demostrado ser superior a otros deportes en la evolución de la escoliosis. Sin embargo, los programas de ejercicio específicos para la escoliosis están ganando reconocimiento por su efectividad en el control postural y como complemento terapéutico. Solo en situaciones específicas, como lesiones vertebrales o fases postoperatorias, puede ser necesario limitar temporalmente ciertas actividades.

El tratamiento de la escoliosis varía según su tipo. En casos de escoliosis secundaria, donde existe una causa clara, el enfoque es corregir la patología subyacente, como el uso de plantillas para asimetrías en las piernas o cirugía para malformaciones costovertebrales. Para la escoliosis idiopática adolescente, el tratamiento conservador busca frenar o ralentizar la progresión de la curva durante el crecimiento, utilizando seguimiento clínico, ejercicio terapéutico y, en curvaturas más pronunciadas (generalmente a partir de 20 grados), corsés u órtesis, cuya eficacia está bien establecida. La cirugía se reserva para casos seleccionados, con curvas a partir de 45-50 grados, con el objetivo de corregir la deformidad y prevenir su avance. Los avances tecnológicos recientes, como la navegación intraoperatoria y la monitorización neurofisiológica, han mejorado la planificación y los resultados quirúrgicos, permitiendo un enfoque más individualizado y una toma de decisiones compartida entre el médico y el paciente.