Esta investigación aborda el síndrome de congestión pélvica, una condición que se manifiesta cuando las venas alrededor del útero se dilatan anormalmente. A pesar de su alta frecuencia en la población femenina, esta patología ha sido históricamente subestimada en el ámbito médico. Sin embargo, los avances recientes han permitido un mejor diagnóstico y la implementación de terapias efectivas que prometen mejorar significativamente la calidad de vida de las pacientes afectadas.
El 6 de julio de 2026, el Dr. Tobías Zander, jefe del Servicio de Endovascular y Radiología Intervencionista en Hospiten Canarias, ofreció una visión exhaustiva sobre las venas varicosas pélvicas. Explicó que esta condición surge cuando las válvulas de las venas ováricas no funcionan adecuadamente, impidiendo el retorno de la sangre al corazón, lo que causa su acumulación y la consecuente dilatación venosa. Las venas ováricas, que miden aproximadamente 20 centímetros, se vuelven tortuosas y retienen sangre, generando una serie de síntomas debilitantes.
El síntoma más característico de esta afección es el dolor pélvico persistente, a menudo acompañado de una sensación de pesadez o presión en la región pélvica, que se intensifica a lo largo del día, especialmente después de períodos prolongados de bipedestación. Además, las mujeres pueden experimentar molestias durante las relaciones sexuales y un aumento del dolor menstrual, influenciado por las fluctuaciones hormonales. Aunque este dolor es inespecífico, estudios recientes han confirmado que entre el 10% y el 15% de las mujeres padecen esta condición, y hasta el 40% de ellas sufren de dolor pélvico crónico.
Entre los principales factores de riesgo, destacan los embarazos múltiples. Durante la gestación, el volumen sanguíneo aumenta y las hormonas como los estrógenos y la progesterona promueven la dilatación venosa. El crecimiento del útero también puede comprimir las venas, dañándolas y provocando las dilataciones. Por ello, el historial reproductivo de una mujer es crucial en el diagnóstico de esta patología.
El diagnóstico inicial de las venas varicosas pélvicas se realiza mediante una ecografía transvaginal. Cuando los síntomas y el historial de embarazos sugieren la presencia de esta condición, se procede a investigaciones más profundas. Aunque la tomografía computarizada (TAC) y la resonancia magnética (RM) son útiles, la venografía es considerada la 'prueba de oro'. Este procedimiento implica la introducción de un catéter a través de una vena del brazo hasta las venas ováricas, donde se inyecta un contraste yodado para visualizar el flujo sanguíneo y las posibles anomalías.
En cuanto al tratamiento, el Dr. Zander enfatiza que, a diferencia del pasado, existen opciones efectivas y relativamente sencillas, que incluso pueden realizarse de forma ambulatoria. Utilizando el mismo catéter de la venografía, se pueden insertar espirales para ocluir las venas afectadas, desviando el flujo sanguíneo hacia otras vías y aliviando así el dolor. Algunas de estas espirales están recubiertas con materiales trombogénicos que facilitan la coagulación y el cierre de las venas.
El especialista de Hospiten advierte sobre las consecuencias de no tratar esta afección. Un dolor pélvico crónico puede generar un sufrimiento innecesario, especialmente ahora que existen soluciones viables. La intervención temprana puede evitar que la mujer experimente una carga de dolor prolongada y mejorar significativamente su calidad de vida.
La comprensión de las venas varicosas pélvicas y sus tratamientos representa un avance significativo en la salud femenina. La concientización sobre esta patología y la disponibilidad de métodos diagnósticos y terapéuticos modernos permiten a las mujeres buscar ayuda y obtener alivio de una condición que, durante mucho tiempo, fue minimizada o mal diagnosticada. Es fundamental que los profesionales de la salud presten atención a los síntomas y consideren esta afección, especialmente en mujeres con antecedentes de múltiples embarazos, para asegurar un diagnóstico precoz y un tratamiento adecuado. La eliminación del dolor crónico no solo mejora el bienestar físico, sino también el emocional y social de las pacientes.